domingo, enero 28

Laicismo en España: El largo camino de la Democracia

Para muchos españoles la palabra laicismo resulta hoy todavía extraña. Esto no debe sorprendernos, pues la historia laica es todavía muy corta en un país como el nuestro, siempre conocido como la Católica España, que ha sostenido guerras en defensa de la “fe verdadera”; que ha hecho una peligrosa mezcla entre religión y política; y que ha vivido cuarenta años bajo la dictadura del “nacional-catolicismo”, nacida de la pesadilla fascista que siguió a la derrota de la democracia en 1939.

España ha sido un país católico no obstante haber sido el escenario en el que se desarrollaron y existieron otras confesiones. De un modo u otro el catolicismo ha marcado nuestra evolución histórica y también nuestra vida cotidiana. Basta recordar aquel pensamiento de Manuel Azaña que ejemplificó a la perfección lo que acabo de escribir: los españoles siempre hemos ido detrás de los curas, bien acompañándolos en procesión, bien armados de un garrote para ajusticiarlos.

Si pensar en el laicismo significa en cierto modo también pensar en la democracia, se entenderá la peculiaridad española, comprobando que a excepción de los últimos treinta años vividos y del breve período republicano, nuestro país no ha conocido ni practicado un régimen de libertades ciudadanas. Así, para poder comprender la situación actual es necesario remontarse al final de la dictadura de Franco: La Constitución de 1978 recogió unas complejas reglas de juego para asegurar una convivencia pacífica y apuntalar un profundo cambio político y social, pero sin generar tensiones con quienes hasta ese momento habían tenido al país encerrado en su puño. De este modo fue imprescindible contar con el silencio de los vencidos y respetar a determinadas instituciones que recibieron una mención expresa en el texto constitucional: Esto es lo que sucedió con la Iglesia Católica, que además supo abandonar al régimen dictatorial en el momento en que este descarrilaba, figurando como un actor principal e imprescindible en el cambio democrático.

La nueva Constitución permitió que España pasara a ser definida como un estado “aconfesional”, en el que se tendría una especial consideración -no obstante la aconfesionalidad recién adquirida y el reconocimiento de la libertad religiosa- hacia la Iglesia Católica. Este especial trato implicó que en enero de 1979 se firmaran tres acuerdos básicos con la Santa Sede, que han marcado con sus ambigüedades las relaciones entre las dos partes: Hablamos de un acuerdo económico, otro educativo y un tercero de carácter cultural para atender el ingente patrimonio inmobiliario y artístico, siendo la nota común en los tres casos el hecho de que el Estado asume una gran parte de las necesidades financieras de la Iglesia Católica.

La financiación religiosa se ha convertido así en un tema inevitable a la hora de hablar de laicidad en España ¿Cómo puede sostenerse la total independencia y neutralidad del Estado respecto a las confesiones religiosas cuando éste contribuye económicamente a garantizar la existencia de algunas de ellas? Desde las posiciones eclesiásticas se ha argumentado que en una sociedad democrática el mero reconocimiento de las libertades no es suficiente: es necesario además que los poderes públicos contribuyan económicamente a que esas libertades puedan desarrollarse, especialmente la libertad religiosa. Aplicando esta tesis el Estado español no sólo ha suscrito los pactos de 1979, sino que ha terminado por firmar convenios con el colectivo islámico, la comunidad judía y también con la protestante. Pero al final lo que ha sucedido no es otra cosa que una implicación del Estado en el hecho religioso, reconociendo una comunidad religiosa de primera clase, la Iglesia católica; otras de segundo rango; y un tercer grupo de credos que, no gozando de acuerdo que les reconozca especialmente, carecen de financiación.

Así las cosas, y centrándonos en la Iglesia católica, los acuerdos económicos de 1979 preveían que la financiación estatal se mantendría hasta el momento en que la confesión religiosa se alimentase con las aportaciones de sus fieles. Evidentemente, con una redacción semejante, la Iglesia nunca alcanzó tal propósito, haciéndose necesario todos los años el desembolso estatal de ingentes sumas de dinero. En 1987 se ideó en este escenario un sistema de financiación que se conoció coloquialmente como “impuesto religioso”: Un porcentaje de los impuestos de los ciudadanos católicos irían a parar a su Iglesia si así lo deseaban. El sistema nunca funcionó. Cada año eran menos los contribuyentes que expresaban esta intención, y desde el Estado había que seguir poniendo la diferencia entre lo que se esperaba recaudar y lo que se obtenía realmente.

De este modo han evolucionado las cosas hasta la fecha. Recientemente se ha negociado una nueva fórmula en virtud de la cual el Estado deja de poner dinero y la Iglesia recauda de los impuestos de los católicos un porcentaje mayor del que se le había asignado en 1987. Pero hay que reconocer que esto no significa en modo alguno que la confesión católica se autofinancie: Es la sociedad toda la que renuncia a que una parte de los recursos de un grupo de ciudadanos se destinen a satisfacer el interés general en beneficio de una comunidad religiosa privilegiada, que de este modo pasará a ingresar cada año nada menos que 175 millones de euros. Podríamos pensar que la cuestión económica, una de las aristas del problema religioso español, termina con esta asignación directa; pero la Iglesia católica, a diferencia de otras confesiones, ha recibido del Estado en el último año nada menos que 5.057 millones de euros: Más de tres mil millones se han ido a parar a los centros educativos católicos; los profesores de la asignatura de religión son pagados con dinero público; los centros de caridad y hospitalarios son mantenidos a través del presupuesto; el ejército dispone de su batería de capellanes castrenses, cuyo arzobispo tiene rango de general; y el patrimonio artístico e inmobiliario de la Iglesia recibe constantemente recursos públicos para evitar su desmoronamiento. Añadamos a esto que la Iglesia no paga impuesto de donaciones; tampoco de sucesiones; y mucho menos tributos que recaigan sobre su patrimonio inmobiliario. Y hasta hace dos semanas se beneficiaba de una exención de IVA: España es un paraíso fiscal para los obispos.

El mantenimiento de toda la estructura anterior ha generado cierta decepción entre una gran parte de quienes aspiran a lograr que el sueño de una España laica se haga realidad. Cierto es, no obstante, que la gestión de José Luis Rodríguez Zapatero se ha caracterizado por plantear algunas reformas exigidas por la sociedad civil y que han supuesto una confrontación abierta con la Iglesia Católica; así, en primer lugar, la reforma del Código Civil abriendo la posibilidad a que los matrimonios pudieran celebrarse entre personas del mismo sexo; o, en el ámbito educativo, la paralización de la Ley Orgánica de Calidad en la Educación, puesta en marcha en la última etapa del gobierno de José María Aznar, y que atribuía a la enseñanza de la religión en la escuela pública un protagonismo indiscutible. Puede decirse que se ha apostado por un laicismo tranquilo, quizá porque se tenga la certeza de que cualquier cambio brusco no tendrá éxito alguno, pero también es muy probable que nos encontremos en España ante demasiada tranquilidad, observando cómo muchos de los avances sociales son fruto de la coyuntura del momento y no de la conciencia laica de políticos y ciudadanía en general.

Frente a los tímidos cambios, sin embargo, las confesiones religiosas, especialmente la católica, han reaccionado con rapidez: Movilizaciones en la calle en defensa de la “familia”o del derecho a la educación; y desarrollo de un debate conceptual, valiéndose de sus medios de comunicación, en el que distinguen dos términos supuestamente enfrentados: laicidad y laicismo. O lo que es lo mismo, un laicismo bueno y otro malo. La laicidad, desde un punto de vista eclesial, contemplaría el estado de cosas existente, que no sería necesario corregir o modificar. El laicismo, sin embargo, se identificaría con el anticlericalismo y por tanto, con la intolerancia y el odio hacia el cristianismo. A pesar de lo simple que pueda parecernos lo anterior, lo cierto es que este pensamiento ha cristalizado, hasta el punto de que una de las batallas pendientes del movimiento laico en nuestro país es la articulación de un discurso y un pensamiento que sea capaz de desmontar lo anterior, clarificando la existencia de una laicidad única, aquella que proclama la total separación de las iglesias y el Estado como un pilar fundamental para la consolidación de la democracia y el respeto a todas las creencias.

El futuro del laicismo en España además de la educación y de una adecuada formación ciudadana depende también de asumir una idea: Los cambios en nuestro país, lo decía antes, han sido provocados muchas veces por la propia evolución de la realidad, más que por la existencia de una conciencia madura y comprometida con el laicismo: ha hecho mas por la laicidad la Iglesia con su intransigencia y sus errores, que los gestores de la vida publica con sus actuaciones.

El estado de cosas descrito ha de transformarse. Sólo un cambio lento garantizará el asentamiento del laicismo en nuestro país, donde la conquista de la democracia se va haciendo cada día, poco a poco, y donde frecuentemente se corren graves riesgos involucionistas. España no está capacitada para soportar un cambio brusco. Y la ciudadanía, que se enfrenta a un concepto nuevo, confundido frecuentemente con aconfesionalidad, tampoco. Una vez más, la paciencia y la determinación se hacen necesarias para lograr que la palabra laicidad y su significado dejen de ser conceptos extraños para los españoles.

sábado, enero 27

Una conferencia especial

Hace pocos días escuchaba en Oviedo al Gran Maestre del Gran Oriente de Francia, Jean Michel Quillardet, hablar acerca de la polémica del velo y de la amputación de derechos sufrida por las mujeres en muchos lugares del mundo; y recordaba a la par que le traducía lo que sucedía estos días en que había saltado a las páginas de los periódicos la noticia de la anulación de una conferencia en la Universidad Islámica de Imam, enRyad, capital de Arabia Saudí, por parte del Ministro de Justicia español, Juan Fernando López Aguilar. El motivo, ya todo el mundo lo sabrá, fue el no haberse permitido el acceso al lugar en el que se iba a celebrar el evento a cuatro mujeres: El centro era exclusivamente masculino.

Se ha especulado sin embargo -y supongo que por parte de las autoridades de la dictadura religiosa saudí- con que las cuatro mujeres, periodistas, sí pudieron participar en otros actos en compañía del Ministro. Entiendo que el comentario es algo así como un pequeño desagravio que quiere evitar una mala imagen y un conflicto semidiplomático que, en todo caso, nunca va a tener lugar con uno de nuestros principales proveedores de petroleo.

Pero, tal y como una buena amiga me recordaba no hace muchos días, el método elegido recuerda aquello del "autobús" americano, en el que los negros podían viajar pero necesariamente en la parte de atrás. Nadie les impedía viajar. Pero en la parte de trasera. Hasta que un día una mujer -no podía ser de otro modo- se sentó donde encontró el sitio y donde le apeteció; y no cedió la plaza al hombre blanco que inevitablemente apareció en escena. Fue la hazaña de Rosa Parks, mujer negra, rebelde, seguro que libre y de buenas costumbres. Así se mueve el mundo.

Bien por el ministro, que no ha puesto un paño caliente en un caso como este a pesar de las fuertes tentaciones que deben sentirse al encontrarse en una situación tan "poco delicada".

Un Océano de decepciones

No funcionará. Es mi opinión formada ya casi desde los primeros momentos en que comenzó el experimento en Venezuela hace varios años. Intentar repetir la misma historia con actores secundarios y a destiempo no puede dar un resultado positivo, haciendo cierto, a mi modo de ver, aquel dicho de que segundas partes nunca fueron buenas.

Yo me eduqué políticamente teniendo en la memoria grabadas imágenes que, creo, se han convertido en un recuerdo imborrable para muchas personas: el cadáver del Che Guevara acribillado a balazos; el Palacio de la Moneda ardiendo y ahogando entre el humo aquella vía chilena hacia el socialismo; los barbudos de Sierra Maestra mandando "a parar"; las Declaraciones de La Habana... Hasta cuando iba al Instituto y era un adolescente prosoviético convencido, compadreaba con los compañeros de clase que creían que la Revolución Sandinista era la cristalización en la tierra del paraíso proletario. Y mira hoy a Daniel Ortega, católico, apostólico y romano a cuenta de un buen saldo electoral.

La situación de América Latina siempre me ha parecido lamentable: Una total ausencia de Democracia en un lugar en el que todas las dictaduras, de un signo u otro, presumen de un escrupuloso respeto a los Derechos Humanos y a las libertades públicas. Incluso tengo la misma desazón cuando aquí o allá se celebran elecciones. El Océano Atlántico me distorsiona la visión; pero no soy capaz de creerme que la Democracia vaya asentándose en el nuevo continente.

Cuando era adolescente y me tocó vivir la era Reagan, escuchar en la radio las noticias de la Guerra Civil de El Salvador, o de los ataques de "La Contra" nicaragüense, asistí quizá a los últimos momentos de una política por parte de la Administración americana: el tranquilo patrio trasero del imperio. Durante cuánto tiempo los Estados Unidos plagaron de hambre, muerte y miseria a toda la América a nombre de la Libertad: Simón Bolívar fue un verdadero profeta cuando hizo este certero análisis.

Presencié los últimos momentos de una política ligada a la Guerra Fría; una forma de hacer o deshacer por parte de Estados Unidos que le permitió poner y quitar presidentes: militares metidos a contables, alcohólicos metidos a guerreros, asesinos y violadores convertidos en gente de orden; echadores de cartas encargados del bienestar social... Todo a mayor gloria del Imperio, sí. Fue aquello el caldo de cultivo propicio para una rebelión que triunfó en algunos lugares, fundamentalmente por la singularidad de los personajes que condujeron los procesos.

Con los cambios experimentados en el mundo en los últimos veinte años, el patio trasero ya no supone una seria amenaza y la mirada del águila se ha orientado hacia otro lado. Quizá la Administración Bush es la plasmación de esto. Asistimos a una América Latina en la que de los diferentes procesos electorales habidos en distintos países, surgen líderes nuevos o viejos que llevan esperando la banda presidencial desde hace muchos años. Presenciamos un fenómeno nuevo y viejo a la vez, pero también inquietante: Un grupo de líderes políticos sustentados, unos más que otros -todo hay que decirlo- sobre un vacío que a la larga no soporta nada. El populismo.

Sentí vergüenza ajena cuando vi a Hugo Chávez en un programa de televisión entregando "un millón de pesos" a una señora necesitada que llamaba en directo. Me recordó a aquella célebre imagen de Evita asomada a la ventanilla de un tren arrojando dinero, billetes grandes y con mucho colorido, a quienes agitaban enloquecidos los brazos saludando a la bienhechora. Es evidente que el dinero no es de quien lo lanza gratuítamente, de ahí el motivo de mi sonrojo. Y creo que esto es lo que está sucediendo finalmente.

Hay quien pretende compararse con aquel Fidel Castro que se bajaba de un tanque en Bahía Cochinos. O quien quiere recordar la talla política y el arrojo de Salvador Allende. Pero esta nueva hornada de políticos que suscita tantos análisis en la prensa últimamente, no aportará a mi modo de ver grandes cosas. No existe un trasfondo ideológico sólido y no importa renunciar a lo que sea con tal de recoger el voto de una población que, en algunos casos, sigue amiseriada y fulminada por el analfabetismo. Hay cosas que persisten, pero también tiempos que no volverán.

Cuando pienso que Daniel Ortega ha votado a favor de la prohibición del aborto junto con la derecha de su país no puedo evitar recordar a aquellos ilusionados compañeros de instituto. Y cuando veo que comulga, y que comulgaría hasta ruedas de molino si se las bendijeran, no puedo tampoco evitar la desconfianza hacia estos cristianos nuevos que de repente exhiben orgullosos la bandera de su vanidad. Cuando asisto a esa mezcolanza religiosa y política; al despilfarro de recursos; al derrumbre del tejido económico; a las invocaciones a Jesucristo en las tomas de posesión; cuando asisto a todo esto, digo, veo como una vez más se esfuma el sueño de la justicia que dibujaron con humo todas las utopías. No estamos ante una nueva ilusión, sino ante una nueva decepción, otra quimera más, que se está cocinando al precio de perder una nueva oportunidad.

Cómo hablar de Democracia en estas condiciones; de laicismo; de Derechos Humanos. Cómo hablar de todo esto con un estado de cosas tal que el desastre es lo único que se percibe... Quizá sea la vieja Europa el modelo a seguir, dirán algunos. Aquí nació todo el sueño de la razón. Y a pesar de que de vez en cuando ese sueño produce monstruos, también es cierto que en las ocasiones en que se ha despertado a tiempo ha sido posible dar algún paso hacia adelante sin necesidad de recurrir al axioma que sobre el lento caminar formuló Lenin. Pero permítaseme dudar de que en este momento estemos en condiciones de ser ejemplo de nada. Veía una fotografía el otro día de Nicolás Sarkozy todo vestido de Negro, encaramado en no sé dónde, y de visita en el lanzamiento de su campaña preelectoral en el Mont San Michel. Decía el aspirante a la Presidencia de la República que había que recuperar la espiritualidad en la laica Francia. Eso es tener valor o saber que la ciudadanía descansa, abrumada por el bienestar y el éxito, y la tranquilidad que debe dar poder salir a la calle y saber que a pocos metros están Les Galleries Lafayette. Lástima de tanto "clochard".

lunes, enero 22

Asturias en los corazones


Durante estos pasados días, 19 y 20 de enero, Asturias ha sido el hogar de muchos hombres y mujeres, vinculados a la Masonería liberal y adogmática, que han venido a visitarnos para rendir el más hermoso de los homenajes a quienes protagonizaron nuestra historia inmediata.

Pienso, lo pienso desde hace mucho tiempo, que el compromiso de cada ciudadano con las libertades públicas no puede sostenerse si no se sabe echar la vista hacia atrás y no se es capaz de soñar con el futuro. Me vale el mismo principio y la misma conclusión a la hora de aplicarla a quienes formamos parte de la Masonería: Es necesario saber soñar para imaginar un futuro distinto; es necesario acumular valor para hacer que ese futuro se convierta en una realidad en la que la felicidad de cada ser humano sea una meta alcanzable. Pero del mismo modo es también indispensable recordar a aquellos que en otro tiempo imaginaron lo mismo que nosotros y tuvieron nuestras mismas esperanzas y ambiciones.

En estos días, Asturias ha sido testigo de esa doble mirada, de esa Cadena de Unión simbólica que viene del pasado y tiende hacia el porvenir: En Oviedo, el viernes día 19, se habló de laicismo ante una sala de conferencias abarrotada. Se habló de laicismo en una España a la que le cuesta todavía sacudirse el pesado yugo confesional; y el sábado, día 20, en el Cementerio de Gijón, participé en el recuerdo a aquella ciudadanía de bien martirizada en el Paredón del Sucu. Tres mil hombres y mujeres asesinados, y recordados por haber creído que una España diferente era posible.

Un serio cortejo entró solemne por la puerta principal del Cementerio; hacía tiempo que no se veía algo así en Gijón. Hacía tanto tiempo que a lo mejor nunca se vio algo así. Quizá han pasado ya muchos años en nuestro país para impedir que esta imagen deje de ser extraña, y se vuelva espectacular a los ojos de quienes leen los períodicos o ven los informativos de televisión. Quizá la imagen siga siendo extraña. Collares azules, amarillos, rostros petreos y a la par emocionados. A los ojos de quienes nos miraban no dejaba de asomar la sopresa. Y también cierta admiración.

Me siento orgulloso más que nunca de pertenecer al Gran Oriente de Francia. Me he sentido orgulloso como nunca de compartir tantas cosas con quienes me acompañan en la Logia Rosario Acuña; me he sentido orgulloso de los aprendices de mi Taller. Los mejores aprendices. Los mejores compañeros. Los mejores maestros. El mejor pueblo masónico, que hubiera dicho aquella ilustre librepensadora que nos da el nombre hoy y cuya sepultura visitaba mi bisabuelo. Me siento dichoso cuando escribo esto al tener la certeza de que podemos construir algo nuevo, diferente.

Creo que nunca he vivido una experiencia semejante. Fue un esfuerzo grande. Me costó decir en momentos aquello que llevo pensando tanto, tanto tiempo. Veía enfrente de mí a Hermanos y Hermanas con los ojos brillantes o ya llorando; a buenos amigos conmovidos. Sé, tengo la completa certidumbre, de que quienes estaban allí sabían muy bien qué estábamos haciendo.

No fue un acto para rememorar el odio secular que azota a los españoles y los lleva a las trincheras cada cierto número indeterminado de años. No se trata aquí de intentar ganar una guerra perdida. Ni de ahogar nuestro presente en una reivindicación republicana que no volverá nunca tal y como la conocimos en los libros de historia.

Lo que todos queríamos es que nuestra voz se escuchara de nuevo para decir aquello que constituye la columna vertebral de nuestro pensamiento y de nuestra acción: Decir, sencillamente, que no olvidamos el sacrificio que supone mantener viva una Democracia; el mismo sacrificio, el mismo dolor, ayer y hoy; en esta parte soleada del mundo o en otra más lejanas, perdidas entre el humo de las fábricas o enterradas bajo la nieve del invierno.

Da lo mismo de qué lugar estemos hablando. El problema siempre es el mismo: La ausencia de libertades públicas, anegadas en sangre o en silencio. Y la respuesta siempre es también idéntica: Una ciudadanía, un cantor, como diría la elegante voz de Mercedes Sosa, para quien es imposible callarse. De eso se trataba.

A todos los que nos acompañaron; a todos los que me estrecharon sus manos y me abrazaron. A cuantos nos han ayudado a que este momento fuera posible; a quienes han entendido nuestra palabra de pequeños cantores; a todos ellos mi cariño y mi gratitud.

viernes, enero 12

Por la paz




Este, que no es un espacio para la exposición política partidista, sí es el lugar para insisitir permanentemente en el compromiso con la paz; en la necesidad de paz para nuestro maltratado país; al menos del modo en que lo veo, de acuerdo con mi forma de pensar y con total respeto a quienes ni ven ni piensan como yo. Así que en estos días en que tanta polvareda ha surgido en España en torno a la lucha antiterrorista y a la utilización política de esta tragedia, no puedo menos que colocarme en donde creo que se ha de encontrar toda la ciudadanía de bien.


Patrimonio masónico: unas piedras, un recuerdo.

Vaya por delante que no voy a hablar de dinero; tampoco de otros bienes muebles, ni de negociaciones con el Gobierno de la Nación para obtener un edificio en el centro de Madrid, una biblioteca con gerente, un museo con guía o un dorado cascabel que nos consuele por el sufrimiento de los masones españoles durante la dictadura.

No, no pienso hablar de euros, sino de algo que frecuentemente olvidamos o, sencillamente no colocamos en el armazón de la memoria, en el espacio en el que debería estar. Para mí el patrimonio más valioso que atesora nuestra Masonería es su pasado. Sí, su pasado más reciente, el más trágico de todos los pasados que corre tantas veces el riesgo de quedar enterrado bajo escombros, apolillado en los archivos o muerto por la enfermedad incurable y definitiva del olvido.


Tengo, curiosamente, la suerte de poseer ese tesoro, intransferible en lo que a la emoción personal se refiere; tan misterioso y secreto como el aprendizaje que uno alcanza en la vida: Cuando era niño acompañaba muchas veces a mi madre a la casa de mi bisabuela. Alguna vez la he mencionado aquí. Vivía en El Llano de Arriba, barrio gijonés obrero del que recuerdo sus calles sin asfaltar y sin aceras, llenas de baches que cuando llovía se llenaban de un agua que se hacía marrón al mezclarse con la tierra. Las casas eran de planta baja, y la de mi bisabuela tenía además un patio en la parte posterior en cuyo centro había una higuera enorme y donde yo jugaba muchas veces, cavando en el suelo con un martillo de hierro, en busca de alguna reliquia olvidada, arrojada a la nada, pero que para mí era una indiscutible fuente de entretenimiento.


La casa de mi bisabuela, Benigna González LLaneza, era también el centro de reunión de vecinas; ella, que falleció cuando yo ya tenía veinte años, tenía la virtud de ser una gran conversadora y una lectora impenitente. Con un temperamento terrible, puedo decir hoy que encarnaba a la perfección a cierto tipo de mujeres que existió en nuestro país, capaz de jugarse el todo por el todo por sus ideas y por lo poco que tenían. Y la verdad es que ella, además de encajar en la descripción, lo hizo. La vida no le dió muchas posibilidades de elegir.
Entre aquellas vecinas que la visitaban recuerdo a Oliva. No sé cuáles eran sus apellidos. Sí sé que también había sido una persona marcada por el dolor y por el sufrimiento: Había sido evacuada junto con su hija en dirección a Francia por el puerto del Musel. Me acuerdo de que contaba cómo el Acorazado Almirante Cervera, que había bombardeado Gijón, había intentado interceptar el buque y cómo se habían salvado gracias a la misteriosa y sorpresiva aparición de un barco francés que había hecho las funciones de escolta hasta llegar a puerto. Oliva volvió luego a Gijón. Regresó para vivir en su casa de El Llano, sin acera, sin calle arreglada, de planta baja, húmeda y fría en el invierno... Y desde allí, tan cerca del Cementerio de Ceares, podía escuchar los disparos de fusil de los pelotones de ejecución que mataban a las órdenes de Franco. Por la noche, nos decía, se escuchaban los gritos y los lamentos de quienes, heridos, habían sido arrojados a las fosas abiertas en la tierra.


Pasó el tiempo, crecí, El Llano se convirtió en un barrio residencial de mejor calidad, de edificios nuevos, sin patios y sin higueras... Y sin abuelos. Pero conocí casualmente a otra mujer, Carmen Sastre, Carmina, que con más de ochenta años era coleccionista de sellos, también una agradable conversadora y viuda del jugador del Sporting, Domingo Sastre, que formó parte de la alineación del equipo en los años treinta, muriendo muy joven. Carmina también vivió en Gijón, en la calle de La Argandona, en el Llano del Medio. Y desde allí también me contaba cómo se oían los tiros, los gritos, los desesperados "Viva la República" lanzados como una última voluntad ...


Recuerdo a mi bisabuelo, Gil, que iba al cementerio civil y volvía a casa diciendo que había visitado la tumba de "Rosario Acuña, librepensadora, ilustre escritora"; ya de pequeño conocí aquella tumba sin nombre, escondida en el cementerio civil, sucia, abandonada. Cuando Gil y Benigna murieron los dos fueron enterrados casualmente a escasos metros de Rosario Acuña. Muy cerca también de las cuatro fosas comunes en las que reposan tres mil gijoneses, masones unos, ciudadanos y ciudadanas de a pie otros, víctimas inocentes todos. Muy cerca de la fatídica pared del Cementerio de "El Sucu", testigo frío y eterno de toda aquella atrocidad.


¿Qué hacer para que todo esto no sea una historia inútil vivida por una generación de nuestros compatriotas? No olvidar. No olvidar los hechos y tapoco la obligación que pesa sobre nosotros de seguir con convicción y firmeza el camino de libertades que abrió toda aquella generación. No olvidar que la historia reciente de esas libertades en España no se puede entender sin pasar por los cementerios. Habría sido mejor pasar por las bibliotecas, por las calles tranquilas de los pueblos, por las fiestas, por los teatros, por los poemarios de nuestros escritores, por las mentes de nuestros pensadores, por la ciencia... Pero nuestro tesoro es así de trágico, así de duro y doloroso, y no podemos dejar que el viento cubra con el polvo que arrastra el nombre de tantos hombres y mujeres, el ejemplo que dieron. Sí, desgraciadamente, en España, para hablar de Libertad y, por tanto, de Democracia en los últimos tiempos hay que pasar por los Cementerios.


El Gran Oriente de Francia, a través de la Logia Rosario Acuña, realizará un homenaje a toda esa ciudadanía mártir el próximo día 20 de enero de 2007 en el Cementerio de Ceares, en Gijón, a las once y media de la mañana. Ése es nuestro patrimonio; el más valioso de los bienes, que nos permite seguir viviendo, sin hacer daño a otros, creyendo que las cosas pueden ser de otro modo y que un día todo el sueño será una realidad.

domingo, enero 7

Geometría, adivinanza y euros

No resulta difícil encontrar en las Logias desarrollos geométricos, utilizados en muchos casos para servir de base a reflexiones, elaboraciones filosóficas o, sencillamente, para traer a la memoria aquel pasado encarnado por los constructores que pulían y hacían justas las piedras: El símbolo como base de una forma de elaborar el conocimiento y de encontrarlo.
Pero por lo que veo y compruebo hay quien recurre también a las ciencias exactas para asegurarse, no ya el conocimiento, sino la supervivencia como poder fáctico, ya sea en la sombra, ya al descubierto. Me refiero en este caso a la más antigua forma conocida de dominación humana, esto es, la religión; y recurro para ilustrar esta nota al desarrollo técnico del logotipo del €uro, pues creo que le da cierto matiz irónico al texto.
Había pensado en plantear estas palabras como un acertijo. Algo así como "¿Sabe Ud., amigo ateo, musulmán, judío, agnóstico, protestante, sintoísta, buista... Sabe Ud. amigo mío, cuánto va a pagar de su bolsillo en España para mantener los salarios de los Obispos, Arzobispos, curas, capellanes castrenses, monjas, monjitas, niñas pías, niños rancios de jersey marrón, socorros católicos, inciensos, cruces y sortilegios de primavera?"
Nunca podría responderse a esta adivinanza con un: "yo, nada, porque no creo; porque creo en otra cosa; porque sé que vivo en un Estado aconfesional -¡ríanse!-; porque soy devoto de Sai Baba y me coloco con sus barritas de incienso; porque creo en los marcianos, que volarán a rescatarnos cuando los iraníes vengan a violar a nuestras esposas y niños; porque soy un ciudadano de primera; de segunda y nadie se fija en mí; porque soy una señora; porque soy un caballero..."
La respuesta a este acertijo, a este desarrollo geométrico, ya está cuantificada para el año 2007 que con tan buenos y felices deseos acaba de empezar su andadura.
Da igual el credo, el no credo, lo que uno piense o deje de pensar. Cada habitante de este país, aconfesional pero no laico, pagará para menesteres católicos en el año 2007:
3,40 €
Transcribo a continuación parte del canje de notas que han intercambiado estos días las autoridades diplomáticas españolas y eclesiásticas, una vez se ha firmado el acuerdo de financiación que ha puesto fin a tanta manifestación obispal y que convierte en definitivo el despropósito monetario que acabo de describir:
Dice nuestro Ministro de Asuntos Exteriores Miguel Ángel Moratinos: "Mi Gobierno considera que lo pactado recoge las negociaciones mantenidas y el acuerdo alcanzado entre el Gobierno y la Conferencia Episcopal con el asenso de la Santa Sede, y constituye una aplicación de lo previsto en el artículo II del Acuerdo sobre Asuntos Económicos"
Y le responde Manuel Monteiro, Arzobispo, Nuncio Vaticano: "Tengo el honor de dirigirme a vuestra excelencia a fin de acusar recibo de su nota... Al expresar la conformidad de la Santa Sede con el texto de la nota, aprovecho la oportunidad para renovarle las expresiones de mi más alta consideración".
Me pregunto si, a partir de aquí, será legítimo defraudar a la Hacienda Pública viendo que la Administración se salta tan a la ligera las mínimas normas de respeto a mis -nuestras- íntimas y privadas convicciones y, no compartiendo ni los fines, ni los medios, ni los principios de la religión católica, me -nos- obliga a financiarla con el fruto de mi -nuestro- trabajo y contra mi -nuestra- voluntad ¿Para esto sirve jugar limpio? Pasen y vean ¡España está en marcha!

viernes, enero 5

Por la paz, por el diálogo, NO MÁS BOMBAS ¡Pásalo!

Mi amigo y compañero Joaquim Pisa me hace llegar este texto, procedente del Blog de Ramón Cotarelo y que está circulando por internet. Me hago eco de lo que se dice y me uno al paso que se ha dado, porque con violencia no hay nada; ni libertad; ni igualdad; ni fraternidad... En consecuencia tampoco habrá Democracia con violencia y terror. Por eso,





Por la paz, por el diálogo, NO MÁS BOMBAS ¡Pásalo!





Durante los últimos nueve meses la mayoría de la sociedad española se mostraba esperanzada en que el alto el fuego permanente decretado por ETA permitiera que cuajara un proceso que pusiera fin a tantos años de sufrimiento, muerte y dolor y diera paso a una situación en la que las legítimas diferencias políticas se resolvieran pacífica y democráticamente.En esos mismos meses la minoría que se oponía a tal proceso ha sido la que se ha hecho visible mediante manifestaciones, propaganda y mentiras cuyo único fin era obstaculizar el proceso.


El pasado 30 de diciembre ETA decidió destruir dos vidas y muchas de nuestras esperanzas. De nuevo los sectores más reaccionarios de nuestra sociedad son los que han salido a la calle tratando de hacer culpables del atentado a quienes hubieran apostado por el diálogo como única forma posible de deshacernos de esta pesadilla. Además de culpar a inocentes, han monopolizado un dolor que no es patrimonio suyo, sino de todos.


No somos culpables por desear la paz. Todo lo contrario.Por ello urge plantearnos si la sociedad civil va a seguir sin salir a la calle a mostrar que en nuestra sociedad hay una pluralidad de voces y que algunos somos y seremos partidarios de todos los esfuerzos que se hagan por alcanzar la paz y el entendimiento. Para que no haya ni una víctima más.


Necesitamos expresar que quienes hemos apostado por el diálogo también sufrimos un inmenso dolor.



¿No vamos a hacer nada? No podemos permitirnos no hacer nada.¡Pásalo!