viernes, marzo 30

Ultraderecha purpurada

De vez en cuando me gusta publicitar al máximo las reflexiones de otros, no con ánimo de expropiar sus razonamientos o de hacerme dueño de su voz, sino con la intención de hacer llegar lo más lejos posible voces distintas a la mía pero que dicen tanto, más o mejor que yo.

Así que sin pretensiones de adueñarme de lo ajeno, me hago eco del artículo publicado en el diario EL PAÍS del día de hoy, firmado por Joan B. Culla i Clarà, Profesor de Historia Contemporánea de la Facultad Autónoma de Barcelona. Entiéndase mi buena intención y olvídese eso de qué está empedrado el suelo del infierno.


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Cuando dentro de cierto tiempo, y ya con alguna perspectiva histórica, se analice la actual etapa de la política española -estos años de plomo que han seguido al vuelco electoral de marzo de 2004, este revival de una lógica guerracivilista que divide a los ciudadanos entre patriotas y traidiores, esta explosión de cainismo que convierte al rival, al discrepante, al crítico en enemigo y, "al enemigo ni agua"- será de justicia señalar, como responsables de la bronca, de la crispación, de la ruptura de los más elementales usos democráticos, de la recrudescencia ultraderechista, no sólo a los actuales dirigentes del Partido Popular, no sólo a una legión de periodistas u opinadores iluminados y fanatizados hasta la paranoia. También será preciso detenerse en el papel instigador y legitimador de la escalada reaccionaria que está jugando una buena parte de la jerarquía católica española, con la silenciosa aquiescencia del resto.

Resulta en verdad fascinante el giro que ha efectuado la brújula del episcopado español en tres décads, desde los tiempos de los cardenales Enrique y Tarancón o Jubani -aborrecidos por la extrema derecha, la misma que consideraba "demoledora la política de Pablo VI en España"- hasta hoy, cuando los cardenales Rouco y Cañizares parecen casar la suerte de la Iglesia católica peninsular con el partido de Rajoy, Acebes y Zaplana, con la demagogia mediática más soez y con el ultramontanismo teológico, cultural y social más recalcitrante.

Si las causas de esta involución merecerían un estudio a fondo, los efectos están bien claros: desde 1977 acá, el catolicismo español ha perdido transversalidad -o, para decirlo en sus propios términos, universalidad- a borbotones; se ha transformado en una facción seguramente más dura, más compacta, más disciplinada, pero más pequeña, mucho más hosca y muchísimo menos permeable.

Desde esa fortaleza presuntamente asediada donde ella misma ha querido encerrarse, la jerarquía episcopal no cesa de lanzar proyectiles y calderos de aceite hirviendo contra todo aquello que, en el exterior, no es de su gusto, ya sea de naturaleza política o religiosa, temporal o espiritual.

Tomemos por ejemplo al obispo de Huesca, Jesús Sanz Montes, quien hace tres semanas publicó una carta pastoral en la que calificaba de "héroes" a los participantes en las manifestaciones sabatinas del PP, sugería a sus diocesanos votar contra el PSOE en las elecciones de mayo y glosaba -cual columnista de El Mundo- los "obstáculos" que el Gobierno pone "para saber la verdad de la maraña confusa y confundida del 11-M". En las mismas fechas, el cardenal arzobispo de Toledo sostenía durante su homilía dominical que los atentados de Atocha "aún no han sido esclarecidos en su verdad más real y honda", por lo que "pesan sobre España como una losa opresora de la que necesitamos liberarnos".

Más recientemente, la pasada semana, la subcomisión para la Familia y Defensa de la Vida del episcopado español ha difundido un comunicado según el cual, "en el terreno de la vida, nos encontramos en un momento preocupante de nuestra historia". "En el campo del aborto y de la reproducción asistida, tenemos en España unas leyes que atentan contra la vida, y que por tanto hay que abolir. (...) Pedimos a la sociedad y a los políticos la abolición de los supuestos en los que el aborto está despenalizado. (...) La eutanasia es una gravísima amenaza". Una vez más, el sempiterno equívoco entre credo y ciudadanía, entre mandamientos religiosos y leyes civiles, entre pecado y delito; esa confusión deliberada sobre la que la Iglesia católica lleva rebañando desde hace diecisiete siglos.

Pero el plato fuerte en esta degustación de exquisiteces episcopales lo cocinó don Anonio Cañizares Llovera, cardenal arzobispo de Toledo y primado de España, en forma de entrevista publicada el 9 de marzo en Alba, un semanario vinculado al grupo mediático ultraconservador Intereconomía, que capitanea el inefable Julio Ariza. "Mayor Oreja sostiene que una España unida sería una España más católica. ¿Lo comparte?", pregunta el entrevistador. "Totalmente", contesta el primado, "porque España tiene su origen en la fe, en la unidad católica en el tercer concilio toledano. (...) España será cristiana o no será España.

"¿El proyecto de destrucción de España es en el fondo un proyecto laicista?", inquiere cn su exquisita objetividad el redactor. "Así lo entiendo y así lo he escrito", responde el purpurado.

A continuación, el cardenal explica que, en su diócesis, se reza todos los días por España, y hasta la han consagrado (a España) "a la Divina Misericordia y al Inmaculado Corazón de María". "Hicimos esa consagración porque consideramos que hay que poner a España en las manos misericordiosas de Dios y en las manos de la Virgen. Es absolutamente necesario". Entre otras razones, porque el Gobierno de Rodríguez Zapatero, con la agilización del divorcio, con el matrimonio homosexual, con la nefanda Educación para la Ciudadanía, "ataca a lo fundamental de la familia" y "eso es la destrucción de nuestro futuro". En este gran y deletéreo proyecto gubernamental "existen elementos masónicos", precisa Cañizares, el cual confiesa haberse ilustrado sobre tal extremo con la lectura de El Padre Elías, una novela del católico integrista canadiense Michale O´Brien comparable, por su rigor y su aliente "consipranoico", al Código Da Vinci, aunque en sentido contrario. Y, después de este alarde erudición patrística, nuestro príncipe de la Iglesia concluye: "A veces, debería ser más claro al hablar". No, monseñor; no hace falta.

A la luz de tales asertos, consideraciones y referencias bibliográficas, hay una rectificación que se impone: basta de conceptuar como extremista o antievangélica la línea informativa e ideológica de la Cope. La cadena radiofónica de los obispos no hace más que reflejar -incluso pálidamente- el punto de vista de éstos, y Federico es sólo un mayoral megalómano, pero obediente y lealísimo a las ideas de sus patronos.

miércoles, marzo 28

El Campo de los Almendros


Max Aub escribió algo que el lector tendrá guardado en la memoria: “deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar,cochinos, sucios, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son sin embargo, no lo olvides hijo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España”.

Se refería a una experiencia terrible sufrida por hombres, mujeres, niños y niñas en la ciudad de Alicante, durante los últimos días de marzo de 1939, con una República agonizante, cercada definitivamente en la ciudad mediterránea, mientras los ojos de la Europa que se creía civilizada se cerraban y las elegantes bocas enmudecían.

Alicante fue la última ciudad ocupada por las tropas del general Franco. Fue la división italiana Littorio la que el día 30 penetraba en la ciudad y ocupaba los puntos neurálgicos de la misma. Una ciudad en la que los vencidos se habían ido concentrando esperando encontrar en el puerto, del mismo modo que sucedió en Gijón y en otras ciudades costeras, una salida desesperada que les librara del precio terrible de la derrota. Ningún barco apareció en horizonte azul del Mediterráneo.

Fascistas italianos, tropa rebelde y falangistas se dedicaron a convertir la ciudad en un improvisado campo de concentración y trasladaron despiadadamente a una gran parte de la población al lugar conocido como El Campo de los Almendros: Un nombre hermoso que esconde una historia triste y terrible de asesinatos, violaciones y dolor.

Mientras las columnas largas e infinitas de hombres y mujeres abandonaban el puerto de Alicante, Franco escribía aquel famoso parte de guerra: "En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo..."

Alguien podrá preguntarse por qué recuerdo estos hechos hoy. La respuesta es sencilla: Un importante movimiento ciudadano al que se han unido fuerzas políticas de distinto signo, homenajea el próximo día Primero de Abril a aquellas víctimas de la barbarie, dignos defensores de la Democracia republicana.

Entre esas organizaciones que harán público el gesto de su recuerdo y compromiso se encuentra la Logia Constante Alona, perteneciente al Gran Oriente de Francia y que sigue el camino que esta Obediencia masónica ha venido a abrir de nuevo en España. Somos nosotros, los masones liberales españoles, los que tenemos la gran responsabilidad de recuperar el tiempo robado, y actos como este, en el que rompemos con esa nefasta e inútil imagen de misterio y secretismo, tan alejada de lo que es una de nuestras señas de identidad -la implicación y compromiso sociales- nos permiten recuperar el pulso de un cuerpo moribundo.

Si escribo esto es porque me alegra, como me alegró hace dos meses en mi ciudad, Gijón, volver a ver, después de setenta años o más, los collares azules de los masones, orgullosos y cargados de dignidad, recorrer las calles de una población, volviendo a convertir en un gesto normal algo que nunca debió dejar de serlo. Sí, me alegra volver a encontrar en el camino, en una u otra parte de España, el tiempo que perdimos, el que nos fue arrancado de las manos mientras soñábamos.

Yo sé que no nos anima el ansia de revancha, el odio, la mala idea, al recordar a seres humanos asesinados, ultrajados, perdidos, humillados... Nuestra memoria no es la de la venganza; eso ha de saberse. Y el recuerdo solo quiere tener presente el ejemplo y el dolor del pasado para construir un futuro en el que la paz, el diálogo, el entendimiento entre las personas, sea la base de todo cuanto volvamos a soñar.

Observatorio de Laicismo

En medio de la vorágine electoral francesa se crea muy "oportunamente" un organismo, el Observatorio de "Laicidad", cuyo objeto parece que va a ser controlar el cumplimiento escrupuloso de la normativa sobre laicismo existente en la vecina República, así como ayudar al Primer Ministro en el desempeño de su función en cuanto afecte a este delicado y frágil concepto democrático. El Diario Oficial del Estado, el BOE francés, publicaba ayer el decreto de creación de esta nueva estructura al servicio de la República que puede ser analizada desde una doble perspectiva, más o menos interesante para todos los miembros de al Unión Europea, menos para los polacos, que andan ocupados en su particular caza de brujas y en sus enfurecidos acometidas heterosexuales y cristianizadoras.




De una parte -la arista menos interesante- podría pensarse que se crea un órgano de supervisión ideado aparentemente para garantizar que la Administración Pública respeta las reglas laicas a que la obliga la ley, pero con una finalidad puramente electoral, en particular para vestir a un determinado candidato con uno de los ropajes característicos sobre los que se fundamenta el Estado democrático. Un candidato que se ha caracterizado en su reciente finalizada etapa como Ministro del Interior por proponer medidas enfrentadas con la característica concepción laica francesa, en particular por hacer guiños a la comunidad islámica abiertamente contradictorios con la neutralidad obligada.




Por otro lado -hablaríamos entonces de la parte más atractiva de esta medida- podemos pensar que, a pesar de las amenazas que para el "laicismo a la francesa" suponen los silencios de algunos candidatos y políticos llamados progresistas; de la tibieza con que se conducen otros; y del descarado revisionismo que manifiestan a este respecto carismáticos y populistas, sigue viva en la conciencia general de la sociedad francesa la necesidad de defender los valores laicos, gobierne quien gobierne, y se postule a la Presidencia de la República el candidato o candidata que sea.




Soy -ya lo he dicho más de una vez- pesimista en relación con las sanas intenciones de algunos políticos y burócratas. Pero a pesar de ese sentimiento, creo que la medida adoptada en Francia puede tener, a poco que nos esforcemos, cierta trascendencia para una Europa en proceso de refundación constitucional en la que Ángela Merkel, Cancillera de la República Federal Alemana, llama a tomar en consideración los valores religiosos que sirvieron para llegar en este viejo continente hasta el punto en el que hoy nos encontramos. No deja de ser una nota llamativa en un panorama gris en el que, el hecho religioso, a pesar de su privacidad, quiere estar presente en la sociedad civil e influir abiertamente en ella, algo completamente contrario a cualquier noción de Democracia.




En función de lo que suceda en los próximos meses, sabremos si este Observatorio de Laicismo sigue indicándonos que en el Viejo Continente continúa existiendo una referencia de pensamiento, sólida, diferente a aquello que conocemos desde nuestro nacimiento, y que se ha manifestado bajo diferentes formas pero siempre con un denominador común: convertir a la religión en un elemento fundamental a la hora de orientar la evolución de las diferentes sociedades. Paciencia, tranquilidad y ya veremos.

miércoles, marzo 21

Ciudadanas

Hoy, Charo Hevia, magistrada y titular del Juzgado de lo Penal Número Dos de Gijón, publicaba el artículo que transcribo a continuación, y que me ha parecido de un interés que, seguro, contagiará a muchos y muchas.
Yo, que conozco un poco a la autora, me alegro de que dentro de este mundo togado, triste y sobrio, aparezca esta nota de sensatez, de reivindicación y de razón, sobre todo de razón.


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Olympe de Gouges fue guillotinada el día 3 de Noviembre de 1793. Su crimen revolucionario fue exigir la ciudadanía para las mujeres. Si entendemos la ciudadanía como la capacidad que tiene una persona para determinar su destino en el interior de una sociedad, Olympe fue muy consciente de que la declaración de incapacidad de la mujer para ostentar derechos civiles y políticos en la supuesta sociedad democrática que instauraba la nueva burguesía tras el proceso revolucionario francés, limitaba de forma absoluta ese destino. Su declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana selló el suyo bajo la hoja afilada que arrancó su cabeza.
Por eso causa estupor que se hable de objetar en conciencia a la prevista asignatura de educación para la ciudadanía. Renunciar a conocer el alcance de los derechos y deberes que como miembros de una sociedad nos compete; derechos y deberes que desde hace unos años se definen en los textos legales que hemos dado en llamar constituciones; es renunciar a la conquista de la ciudadanía. A la condición de pares unidos por un contrato social que basado en el principio irrenunciable de igualad nos ofrece, a todas y todos, la posibilidad de determinar con libertad nuestro destino en el marco de un Estado.
Como estupor causa la afirmación de que la asignatura de religión educa para la ciudadanía ¿De qué religión y de que ciudadanía hablan? Porque la condición de ciudadanos del Estado Vaticano es un derecho o privilegio del que gozan muy pocos de los que se declaran católicos, y parece poco viable redimensionar su territorio para que acoja a todos los que dicen profesar esa religión.
Cuenta Hanna Arendt que confesó a un rabino su falta de fe y éste le contestó que la religión podía pasar sin ella, tan solo exigía obediencia. La declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano abolió, para los varones, la obediencia como la razón de su identidad social. La Declaración Universal de los Derechos Humanos hizo realidad por fin la lucha de Olympe para la no exclusión de las mujeres de la condición de ciudadanas. Cuesta trabajo creer que la conciencia parental pueda privar a su progenie del conocimiento sobre el alcance del ejercicio de sus derechos y la asunción responsable de sus obligaciones.
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Olympe de Gouges fue guillotinada en 1793, acusada de estar implicada en actividades del ala "girondina". Es la autora de la Declaración de Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, encabezada con esta frase: "Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta."

El Opus lleva puñetas

No hace tanto tiempo que me ocupaba aquí de José Luis Requero, vocal del Consejor General del Poder Judicial, miembro del Opus Dei y correa de transmisión de esta secta católica tan bien vista en el máximo órgano de Gobierno de la judicatura. Con lo que lleva cayendo sobre los magistrados de nuestro país no podemos ser ya muy optimistas respecto a aquello que nos enseñaban en la Facultad, y que se llamaba "independencia judicial". Es probable que ese tesoro se conserve en las pequeñas sedes judiciales, donde los jueces anónimos siguen dando un servicio a la ciudadanía. Pero tengo la desagradable y maloliente impresión de que, cuanto más se sube en la escala judicial, cuanto más labrada es la puñeta con que se adornan las mangas, más se debe hablar de "dependencia judicial" y, en muchas ocasiones, de "dependencia eclesiástica de los jueces".




He aquí un buen ejemplo de por qué algunos sostenemos que las convicciones religiosas tienen un carácter privado: ayer se hacía público que José Luis Requero era el autor de un documento interno del Consejo General en el que se sugería abiertamente que las Agencias de Cooperación para la Adopición Internacional, que suscriben en muchos casos convenios de cooperación con las administraciónes autonómicas, pudieran negarse a tramitar las peticiones de adopción hechas por parejas del mismo sexo, respetando un particular "ideario" de la entidad, probablemente católico. Requero ya tuvo su momento de triste gloria cuando intentó plantear lo propio respecto a los magistrados, de forma tal que pudieran abstenerse de oficiar matrimonios civiles si los contrayentes eran personas del mismo sexo, por ser incompatible la nueva redacción del Código Civil con las leyes de dios. Argumentaba entonces que debía existir este derecho de "objeción de conciencia" ante una regulación matrimonial que comparaba con un casamiento hecho entre una pluralidad de personas o con la participación de algún animal como consorte. Entonces el voto era secreto y uno de los magistrados conservadores parece que siguió fiel a ese principio conforme al cual no es misión de los jueces objetar, sino aplicar las leyes aprobadas por los parlamentos democráticos de nuestras sociedades.




Desde hace algún tiempo, valiéndose de todos los tentáculos, las llamadas de la Iglesia a la desobediencia son contínuas: La asignatura de educación para la ciudadanía; los plantes de algunos jueces negándose a casar a quienes lo solicitaban; y ahora esta jugada planteada con las Agencias de Cooperación como pretexto: un gesto de auténtica mala fe puesta en práctica en un ámbito, el de la cooperación internacional para adopciones, donde se sabe sobradamente que las parejas homosexuales apenas sí tienen oportunidades de adoptar; los países exportadores y vendedores de niños y niñas prefieren que revienten en un manicomio, caso de Rumanía, o que se pudran en un "orfelinato", caso de la China Popular, antes que entregarlo en adopción a una pareja formada por personas del mismo sexo ¡A dónde vamos a ir a parar!




Lo que se persigue con la posición pública exteriorizada por el Sr. Requero no es otra cosa que cumplir con ese mandato que ha lanzado hace un par de semanas el Jefe de Estado vaticano: llevar el catolicismo a todos los estamentos, a todas las esferas, no sólo las de la vida privada. De esta forma todos, todas, católicos o no, ya no sólo nos tendremos que aguantar con pagarles, soportar que el régimen laboral de contratación de que disfrutan sea diferente al resto de los mortales, etc; sino que también tendremos que tomar como ejercicios de una supuesta objeción de conciencia, comportamientos que no son sino incumplimientos manifiestos de la legalidad vigente. Se trata en definitiva de dejarnos claro que siguen mandando -no gobernando, que es una cosa muy diferente-; que pueden desafiar al Estado y que están por encima de él; que siguen haciendo lo que es de su antojo pues, en tanto que pueblo elegido, son poseedores de la verdad absoluta mal que nos pese.




Podemos irnos más lejos en el espacio. Podemos llegar hasta la frontera polaca y no cruzarla, para ver cómo el católico estado de los gemelos Pin y Pon emprende su particular caza de brujas contra homosexuales y demás gentes de "mal vivir" ¡Hay que hacerse católico! ¡Hay que ser católico! Frente a esta imposición totalitaria y dogmática no podemos decir nada. No podemos criticarles, pues serán víctimas, los pobres, de nuestra laica persecución: Somos los nuevos leones que devoran cristianos en esta era de materialismo y perdición; somos las nuevas bestias que erotizan a la sociedad; que acaban poco a poco con la moral de la gente de orden; que vacían las iglesias los domingos y las fiestas de guardar; que les obligan a acosar a los adolescentes en las esquinas y a la sombra de alguna tapia andaluza... Sí, somos el azote de la cristiandad por decir cuatro verdades como puños y no querer inclinar la cabeza.


lunes, marzo 19

Lo que vale una imagen...


Sí, lo que vale una imagen; y más en estos días que algunos quieren de tormenta y tiniebla, pero que no pasan de humedecer con un poco de lluvia gruesa... Falta sólo que nos alcance el viento, nos refresque y nos empuje de una vez por todas hacia aquel lugar por donde amanece .

sábado, marzo 17

Eutanasia: La ley necesaria

Mientras en España celebramos la recientísima aprobación de la Ley de Igualdad, sabiendo de su importante trascendencia para aquello que venimos defendiendo desde hace años; otros nos alegramos también de la anhelada entrada en vigor esta semana la Ley de Identidad de Género, que hará la existencia feliz a muchos y muchas transexuales de nuestro país; y otro número importante de ciudadanos y ciudadanas vemos cómo, a pesar de los riesgos a que se enfrenta el Fuero navarro -cosa que nos tiene a todos preocupados- y los problemas de Mariano Rajoy con los masones, a los que quiere prohibir por ser secta secretista, nuestra sociedad comienza a dar signos de madurez en torno a una cuestión en la que resulta siempre inevitable entrar en debate con las confesiones religiosas; espcialmente con la católica, que estos días alumbra la tea para incinerar fotógrafos, incita a la desobediencia de la normativa educativa del Estado, y reza fervorosamente por los sufridos desahuciados que no se resignan a esperar a la muerte aunque éstos no lo pidan.

Sí, Inmaculada Echevarría, la mujer que llevaba diez años en una cama afectada por una distrofia muscular, sin poder respirar por sí misma, ha muerto. Había pedido que se le retirara la máquina que la mantenía con vida y reclamado respeto a su decisión. Incialmente solicitó que se pusiera fin a su existencia inyectándole algo; pero cuando lo que planteó fue la retirada del respirador artificial al que estaba unida, las cosas cambiaron.

En España la Ley de Autonomía del Paciente permite que éste pueda decidir cuándo no quiere continuar con un tratamiento médico. El colectivo "conservador" -Foro Español de la Familia, Fundación Bioética-, han venido a decir que en este caso se ha suprimido una medida de soporte vital, pero no un tratamiento médico; es decir, se habla desde las cavernas de eutanasia encubierta.

Para tener las cosas un poquito más claras creo que merece la pena diferenciar algunos conceptos que, como siempre, intentan mezclarse para que al final nadie tenga una referencia concreta ni un conocimiento exacto de la materia. Así, hablamos de eutanasia pasiva en aquellos supuestos en los que, dentro del respeto a la Ley de Autonomía, se desiste de mantener con vida a una persona por medios artificiales cuando no hay posibilidad alguna de recuperación. Es el caso de Inmaculada Echevarría.

Pero existe también lo que se ha venido en llamar suicidio asistido. Sería el caso conocido de Ramón Sampedro, retratado en la película "Mar adentro", calificada por algún extremista de catacumba como apología de la eutanasia: El paciente recibe en este caso la ayuda necesaria de un tercero para quitarse la vida. En España la conducta está sujeta al correspondiente castigo previsto en el Código Penal.

Existe el suicidio no asistido, fórmula de todos conocida que impedía enterrarse en sagrado y que no sé si lo sigue impidiendo; también la sedación terminal, donde no se provoca por el médico la muerte del paciente, sino que se medica a este para evitar su sufrimiento.

Y finalmente nos encontramos con aquello que genéricamente se define como eutanasia y que, con más precisión, vamos a llamar "eutanasia activa": El médico suministra al paciente terminal los fármacos necesarios para poner fin a su vida.

Inmaculada Echevarría ha renunciado a aquello que la permitía mantener una existencia que para ella, a tenor de sus manifestaciones, no aportaba nada más que sufrimiento. Su voluntad era la de morir dignamente y ése fue el objeto de su lucha en los últimos años. Qué duda cabe que su caso ha hecho despertar y revivir un debate que permanecía apelmazado.

Lamentable ha sido la obstinación sacerdotal en este caso: Inmaculada se encontraba ingresada en un centro de titularidad eclesiástica, el hospital de San Rafel, perteneciente a la orden de San Juan de Dios. Y a pesar de que el parecer del equipo médico que la trataba era favorable a respetar su voluntad, las presiones de la jerarquía eclesiástica impidieron que su deseo fuese atendido. Ha habido que trasladar a la paciente a un centro sanitario de titularidad pública para poder hacer real su voluntad y, en definitiva, alcanzar el respeto de las leyes vigentes en este Estado nuestro, tan soberano para unas cosas y tan de medias tintas para otras.

Antonio Cañizares, Arzobispo de Toledo, ha pedido un rezo de la milicia católica por el alma de Inmaculada ¿le habrán preguntado a ella, quienes tanto respeto piden, si su deseo era ese? ¿Tenemos que ser todos católicos, apostólicos y romanos? ¿No podemos ser otra cosa diferente? ¿Por qué siempre caen los príncipes de la Iglesia y algunos de sus seguidores en la nauseabunda tentación de querer imponernos a todos su credo, su forma de ver las cosas, su sentimiento más o menos trágico de la vida?

España empieza a madurar. A pesar de la cerrazón de tantos; de la dureza del verbo de muchos; del dogmatismo hipócrita de las sotanas, los cambios son imparables y pronto veremos, estoy seguro, un debate serio, sin demagogias , que alumbre un camino hasta la fecha oscuro, y que es ese por donde transitan nuestras existencias en busca de la felicidad.

miércoles, marzo 14

¡Todo vale!

Sin que sirva de precedente, haciendo por tanto una excepción, voy a publicar en este espacio una Pastoral; sí, una comunicación dirigida por el Obispo de Huesca y de Jaca a los miembros de la confesión a la que le pertenece.


Es la única referencia que voy a hacer aquí a quienes se dedican a envenenar la sociedad española; porque no caeré en la trampa: Miguel Hernández escribió en aquellos poemas sociales, de guerra y de muerte que España era una inmensa fosa; así, de aquel modo, la querían los bárbaros. Pero hoy ya no es ayer y no ayudaré a otra fuerza que no sea la que sostenga la democracia y la libertad en este país, el mío. Y si me entretengo en este pequeño detalle de prosa emponzoñada que transcribo a continuación, es por ayudar a revelar en qué entretienen su tiempo aquéllos que dicen tener un reino que no es de este mundo: Sí lo es. Su reino es del peor de los mundos posibles.


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Queridos hermanos y amigos: paz y bien.
"Los idus de marzo" es una célebre obra de Thornton Wilder que toma como título la fecha fatídica en la que asesinaron a Julio César. Se ambienta la novela en los últimos días de la república romana, y describe con escéptica ironía la capacidad de los hombres para el heroísmo, la generosidad y la virtud, así como para el egoísmo, la traición y la deslealtad. En este marzo nuestro, mes de memoria de tantos otros idus, hemos vuelto a ver a gente así: héroes hasta la virtud más generosa, y traidores hasta el egoísmo más desleal.
Entre los primeros están las víctimas de la serpiente terrorista y las gentes sencillas que espontáneamente han querido solidarizarse con los débiles ignorados, despreciados y hasta perseguidos. En lugar de tirarse al monte, volvieron a la calle. No para una consentida kale borroka, sino para pasear de nuevo con inmensa dignidad su indignación. Era la enésima concentración que en las principales ciudades se dieron cita, a plena luz aunque era de noche, sin encapuchados y sin mentiras. No eran vociferantes, sino ciudadanos de bien que no quieren asistir impávidos al espectáculo que algunos gobernantes nos brindan en el pim-pam-pum de la feria del disparate político.
Y entre los segundos están los que pretenden cambiar la historia sacándose de la chistera del resentimiento lo que dicen ellos que ocurrió. Como adolescentes montan y desmontan operaciones económicas jugando al a ver quién llega más, cuando se trata de costear favores inconfesables con el dinero más ajeno, lavando como pueden las deudas de su propia corrupción.
Son los que manchan el nombre de la paz y el de la piedad, convirtiéndolo en moneda de cambio con el que pagar -cueste lo que cueste- la particular guerra contra sus adversarios políticos, sociales y mediáticos, llegando a pervertir un sentimiento noble como es el perdón, a fin de camuflar el chantaje del que siendo rehenes ellos mismos, nos hacen víctimas a todos los demás. Como consigna de un nuevo pásalo, lo repiten sin parar, sin ninguna pausa y con mucha prisa: lo hemos hecho por piedad, hemos salvado la vida a un asesino que celebra sus veinticinco matanzas brindando con champán, le hemos salvado la vida porque defendemos la vida.
Yo he tomado nota de esta declaración insólita por parte de quien miente de manera habitual, y pasando por encima de su cinismo asustado ante la opinión pública, levanto acta de su advenediza declaración: defienden la vida. Estamos de enhorabuena.
Supongo que estarán al quite de quien se quite la vida en la eutanasia que viene… porque defienden la vida. Supongo que no pondrán más obstáculos para saber la verdad de la maraña confusa y confundida de otra matanza, el 11-M, cuya sospecha les mira… porque defienden la vida. Supongo que respetarán la libertad de quienes quieren una educación no ideologizada ni sectaria para sus hijos… porque defienden la vida. Supongo que ya no jugarán a romper la familia con sus leyes para amiguetes… porque defienden la vida. Supongo, en fin, que encabezarán la defensa del más amenazado de todos los seres humanos: el no nacido, luchando contra el aborto en primera línea… porque defienden la vida.
Si no lo hacen así, nos habrán vuelto a colar su mentira, que hasta pueden hacerla legal, pero que es y será siempre inmoral. Pero si en marzo mayea, quizá en mayo marceará, y allí daremos cuenta. Porque hay idus que no deberían haber pasado nunca, pero ya que han sucedido, sólo se desea que no duren mucho más una vez acontecidos.
A Dios nos encomendamos en esta apasionante encrucijada en la que debemos roturar sus campos para que broten espigas de paz serena y de bien colmado para los hermanos.Recibid mi afecto y mi bendición.
Jesús Sanz Montes, Obispo de Huesca y de Jaca

Cuesta abajo y sin frenos

Después de varios días ausente, viajando por la Francia que tanto me ha dado, me encuentro de bruces al regresar a mi casa con el disgusto de ver cómo la fuerza de la gravedad produce sus efectos. Me refiero a esa interminable crisis que se percibe en el temor al futuro, y que ya no sé si es un tópico o un mal eterno. Francia ya no es lo que era y no es desde luego en este momento la representación de la vanguardia a que algunos nos habíamos acostumbrado. Algo está fallando.

No puedo evitar, al escribir esto, pensar en el fracaso del proyecto de Constitución europea, que se ahogó en aquel río verde, desmesurado y tranquilo, que Rafael Alberti contemplaba desde la parisina ventana de su exilio. Hoy leo que Angela Merkel pretende resucitar el cadáver legislativo haciendo en el nuevo texto una referencia a dios. Quizá se trate de reconciliarse con alguna confesión religiosa; o tal vez quiera remedarse ese "in God we trust" que aparece en los dólares americanos y que tan buenos resultados parece haber dado, a pesar de la existencia de algunas monedas ateas, perseguidas con ahinco por las autoridades del paraíso de la libertad en esta última semana... ¡Qué poco tiempo ha pasado y qué lejos está aquel eje franco-alemán! Lo de ahora tampoco es lo que era.

Recuerdo que hace no muchos años, cuatro tal vez, recorrí la zona atlántica francesa hasta llegar al puerto de La Rochelle. Escuchando la radio, o tal vez viendo la televisión, no lo recuerdo con exactitud, me enteré del desafío de un alcalde de la zona de Burdeos que se había atrevido a casar a dos hombres. Fue un gran escándalo. En España todavía no se había producido la reforma del Código Civil y aquello resultaba un apetecible desafío a las convenciones establecidas por la bien pensante sociedad y un espejo al que mirar ¡Mira lo que hacen los franceses! Eso es seguramente lo que diría mi madre.
El alcalde fue cesado. Y el país en el que vio la luz el Código Civil que implicó una revolución legislativa sin precedentes en toda la Europa continental, se conmocionó. La reacción no pudo ser más lamentable y desafortunada por parte de los poderes establecidos; pero no se puede decir que la decisión fuera diferente a la esperada: nunca se reconoció la validez de aquel matrimonio y ayer se dio un letal carpetazo al litigio en la patria de la burocracia, resolviendo la Cour de Cassation -el equivalente a nuestro progresista Tribunal Supremo- que el matrimonio sólo puede tener lugar entre un hombre y una mujer.

Sorprende esta cerrazón; pero mucho más el rostro terrible y el bagaje de silencios y disparates con el que algunos políticos se presentan a la lidia electoral de los meses de abril y mayo: Le Pen ha consiguido las firmas necesarias para ser el candidato a la Presidencia de la República; Sarkozy se atreve a decir que los reagrupamientos familiares de inmigrantes han conocido sus últimos días en tanto los individuos a reagrupar no conozcan la lengua francesa -en Francia se habla francés, ha dicho-. La tradicional y real separación entre iglesias y Estado puede encontrarse al borde del abismo con una candidata Ségolène Royal muda, y sufriendo las amenazadoras dentelladas del candidato derechista. Y para rematar, algo más del 30% de los franceses ha dejado de creer en los partidos que integran el espectro político en un país en el que la población tiene una conciencia real ciudadana.

No sé por qué, pero tengo la impresión de que nos encontramos ante una inmensa cuesta. Uno de aquellos planos inclinados con los que me amargaban la adolescencia en el Instituto Jovellanos, haciéndome calcular a qué velocidad bajaba la bola hasta llegar al final de su recorrido. Entonces me preguntaba a quién podía ocurrírsele arrojar una bola por un plano inclinado; y, peor, a quién podía importarle la velocidad con que la bola se precipitaba colina abajo. Hoy, percibo que son muchas las cosas que se precipitan por un plano inclinado. No sé quién las ha colocado en esa tesitura; quién las ha arrojado desenfrenadas por un geométrico precipicio. Quizá entre todos nos hemos encargado con nuestras acciones y omisiones de configurar las variables de este nuevo problema de física al que tampoco le encuentro solución. Como en el Instituto, sólo tengo la certeza de que, si nada lo remedia, la bola hará todo su recorrido estrellándose, tal vez, al final del camino.

martes, marzo 6

Educación para la Ciudadanía

A estas alturas casi todos sabemos que en medio del descalabro educativo que se ha ido haciendo carne y dolor en los últimos meses, ha surgido con peso propio y con entidad suficiente para servir de munición una nueva asignatura prevista por el Ministerio y que lleva por nombre "Educación para la Ciudadanía".


Si esto no fuera España, si se tratara de cualquier otro lugar, la consecuencia de tal iniciativa por parte de las autoridades públicas podría ser imaginada por cada uno de nosotros. Pero tratádose de la ancha llanura en la que vivimos es invevitable decir aquello que se le ocurrió a Don Quijonte en una noche oscura: "Con la iglesia hemos topado".


Si a cualquiera de nosotros se nos ocurre lanzar un juicio crítico sobre la confesión en cuestión hemos de saber que el juego victimista está asegurado: nos persiguen, se agrede a los católicos, no se nos resepta, es la dictadura del laicismo radical, esta sociedad sin valores, los nihilistas avanzan peligrosamente, recordemos el ejemplo de quien se sacrificó por nosotros...


Pero por contra, a pesar de que el reino sobre el que predican no es de este mundo, la Conferencia Episcopal española no pierde ocasión de lanzarse a la arena política y servir de brazo articulado de la más rancia intransigencia: En estos días de concentraciones (la gente de orden no se manifiesta, se concentra - recordemos la Plaza de Oriente de otros tiempos-), sólo nos falta ver al lado de las banderas falangistas y carlistas, y del gavilán pollero del imperio, algún alzacuello engordado a base de buenos diezmos. Todo se andará y no será largo el camino.


Lo anterior viene a cuento porque recientemente la iglesia católica española, a través de su órgano máximo de gobierno, ha venido a criticar el proyecto educativo para la ciudadanía: Se prevé por parte del Gobierno que la asignatura se imparta, con carácter obligatorio, tanto en la etapa primaria como en la secundaria. Y en cuanto a los contenidos parece que nuestro alumnado tendrá que saber algo acerca de la democracia, de valoraciones críticas frente a prejuicios sexistas, racistas, xenófobos, homófobos y antisemitas; y algo aprenderán también nuestros escolares y adolescentes acerca de los nuevos modelos de familia que existen.


Crecidos con la reciente sentencia del Tribunal Constitucional que les permite seleccionar al profesorado que pagamos todos con arreglo a los particulares criterios de su convicción religiosa; crecidos con unos acuerdos en materia económica, educativa y cultural que no van a ser revisados al menos en los próximos cinco años, nuestros prelados se han atrevido a decir que la asignatura en cuestión supone un adoctrinamiento por parte de la Adminstración al alumnado y la realización efectiva de una "educación moral", de modo tal que los padres tienen todo el derecho del mundo a decidir la educación moral que quieren darle a sus hijos, de modo tal que el Estado no puede imponer ningún contenido. Si esto es así, si se trata de una "educación moral" al modo en que la concibe y explica la iglesia, nuestros obispos sostienen que no pueden ser impartida en los centros educativos, sino en otro espacio físico diferente. Directamente, entrometiéndose en la soberanía del Estado, invocan y apoyan la "obejeción de conciencia" de los padres y llaman directamente a la desobiediencia
El enfrentamiento de los centros religiosos concertados, con todo lo que hay detrás y los sostiene, con el Gobierno de la Nación es inevitable. Y una vez más sólo hay una salida en el horizonte que es poner punto y final a esta costumbre heredada de otros tiempos con arreglo a la cual una confesión religiosa pretende decidir cómo se ha de legislar y cómo hemos de vivir los demás. Eso, por supuesto, exige terminar con este servilismo religioso a que nos vemos obligados y reordenar el marco jurídico de forma tal que todo este océano de dudas y lagunas se seque definitivamente.


Pensar que el conocimiento de la democracia o el respeto a los Derechos Humanos es una convicción íntima de las personas, supone, desde el punto de vista de quienes defendemos una sociedad laica, equiparar el sentimiento o convicción religiosa con los fundamentos mismos de aquellas reglas que permiten y facilitan nuestra convivencia. Sin embargo, a la hora de reflexionar sobre el particular, no debemos olvidar nunca que quienes lanzan esta crítica furibunda contra una asignatura que conciben como producto del "laicismo anticlerical" que los acomente, no reconocen, ni van a hacerlo nunca, que su creencia religiosa sólo les atañe a ellos y no a la generalidad ciudadana; que sus convicciones, su pensamiento, es algo particular, íntimo, que no guarda relación alguna con el espacio educativo ni se corresponde tampoco con una sociedad plural, multicultural o multireligiosa. Varas de medir diferentes y un enunciado falso:


Democracia, derechos humanos, libertades públicas... Nosotros no hablamos de convicciones íntimas: hablamos de las reglas mismas de juego y de aquello que permitirá y permite que sigamos pensando, hablando, conquistando el legítimo derecho a disponer de nuestra existencia, a no imponer ni que nos impongan. Sí, decididamente unos y otros hablamos sobre cosas diferentes.
Una buena educación ciudadana tal vez lo hubiera evitado... Y no fue hace tanto...

domingo, marzo 4

Memoria de Auschwitz

El pasado día 18 de Febrero, Jean Michel Quillardet, Gran Maestre del Gran Oriente de Francia, rendía nuestro homenaje a todos los seres humanos asesinados en el campo de exterminio de Auschwitz. Acompañado de los masones y masonas que quisieron dejar también allí el testimonio de su respeto, pronunció las palabras que, en una traducción muy modesta y seguro que llena de defectos, quiero ayudar a difundir.

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Palabras pronunciadas por el Gran Maestre del Gran Oriente de Francia, Jean Michel Quillardet, el 18 de Febrero de 2007, en AUSCHWITZ

Indecible horror.
Noche y niebla.
Memoria y vigilancia.
Comprometerse, resistir, pelear.
Gimamos y esperemos.
Sobre esta tierra, portadora ya de un grito universal, ligada a un martirio incomparable, a una tragedia inmemorial, pienso primero en esas mujeres, esos niños, esos hombres a los que se les arrancó su destino, su dignidad, su humanidad, para ser así destrozados, despedazados, torturados, violados, gaseados por otros hombres.
Este grito, esta herida y esta inhumanidad son los nuestros.
Su llanto es el nuestro.
Su muerte es la nuestra.
Su valor es en adelante nuestro ejemplo.
Cómo se puede olvidar el rostro de ese niño asustado, sólo, separado del padre y de la madre, esa mirada que no implora otra cosa que ternura, caricias y besos y que no recibe otra cosa que golpes, desprecio y muerte; cómo se puede olvidar la luz viva que se extingue en esos ojos jóvenes, mientras se va cubriendo con la inmundicia del bestial oscurantismo.
Todos esos niños son los nuestros y llorándolos, lloro también esa parte de la humanidad a la que tantos hombres han enterrado y amortajado con su cobardía inmensa.
Pienso en esas mujeres, caminando y caminando aún con los ladridos de los perros, cadáveres ya pero sin embargo todavía hermosas. Esos cuerpos estropeados, esa feminidad magullada, esas almas ensuciadas. Soy esa mujer, y su recuerdo quedará, para toda la eternidad, en el fondo de mi corazón.
Pienso en todos esos hombres, acorralados como animales, humillados, asesinados, una figura terrible con sus huesos descarnados avanzando hacia la muerte, dignos; esos hombres, esas mujeres, esos niños, victimas del más grande crimen jamás cometido contra la humanidad.
Esos hombres, esas mujeres, esos niños, pequeñas figuras debilitadas, deshumanizadas y, sin embargo, hoy, testigos de su propia grandeza, volviendo a enviar a nuestras memorias su más noble y resplandeciente humanidad.
Pienso tambien en todos esos que por espíritu de sistema, por voluntad, por falta de valor, por costumbre dejaron hacer.
Sí, todos esos Prefectos de Francia que firmaron los decretos de saqueo o de Deportación como si se tratara de ordenanzas de tráfico, algunos de los cuales añadieron, sin que nadie se lo hubiera pedido, la mención “con sus hijos”.
Sí, todos esos valientes franceses, policías o gendarmes, que no dudaron sin remordimientos en ejecutar las órdenes por se trataba de órdenes.
Sí, todos eso franceses que veían pasar los convoyes y los trenes sin decir nada.
Sí, todos esos Oficiales del ejército Nazi, refinados, desde luego, que después de realizar su inmortal tarea podían tocar a Mozart en su piano, con sus mujeres e hijos y sin estremecerse.
Terrible lección: Sí, los hombres fueron capaces de esto. Sí, los hombres fueron capaces de lo peor. Es el espejo de nuestra iniciación: Miramos nuestros rostros; el peor enemigo del hombre es él mismo. El peor enemigo de la humanidad es la humanidad misma.
Estamos aquí para recordar que por ser judíos, hombres, mujeres y niños perecieron aquí entre sufrimientos atroces. Estamos aquí para recordar al torturado, al sometido a suplicio. Así es en adelante y para siempre, cualesquiera que sean nuestras identidades, nuestras creencias, nuestras singularidades, nuestra mirada, nuestra memoria, nuestra Historia.
La inmensidad del crimen, la naturaleza de un verdugo que no podemos concebir, hacen, evidentemente, irrisoria, parcial y hasta diminuta, la obligación que nos corresponde de decir, de gritar, de denunciar.
A pesar de eso es necesario que aunemos nuestras fuerzas y nuestras diferencias para abrir los ojos del Mundo y acabar con el tiempo de los siervos de la muerte, los amantes del odio, los necrófagos de la esperanza. Sin duda la historia, antes de Auschwitz, conoce sobradamente atrocidades y crímenes en masa, y pienso aquí en la trata de esclavos o en el genocidio armenio.
Sin embargo la shoah supera todo aquello que el mundo había conocido de barbarie. El descubrimiento del universo de la “concentración”, la puesta en marcha de la exterminación industrial, planificada, organizada al servicio de una ideología puramente antisemita, racista, xenófoba, puso de relieve la impensable dimensión del crimen.
Esto es lo que la barbarie Nazi tiene de ejemplar a los ojos de la Historia: quería negar, descalificar, erradicar la Humanidad de judío, y la del gitano, y la del homosexual, la del resistente, la del diferente...
Primo Levi lo comprendió bien. No pudo sobrevivir, por una parte, al hecho de que el hombre hubiera sido capaz de tanto odio, pero tampoco al recuerdo de aquellos y aquellas que perecieron, de tal forma que resultó para él imposible continuar viviendo en tanto que había logrado sobrevivir.
Escuchemos a Primo Levi responder a la cuestión: ¿Cómo se puede explicar el odio antisemita?
“Puede que lo que sucedió no pueda entenderse, e incluso no deba ser entendido en la media que comprenderlo es casi justificarlo.
Ninguna persona norma podrá jamás identificarse con Hitler, Himmler, Goebels, Eichmann y tantos otros. Esto nos confunde y nos reconforta a la vez porque quizás es deseable que lo que dijeron –y también, por supuesto, lo que hicieron- no sea para nosotros comprensible. Se trata de palabras y acciones no humanas, o, si se quiere, antihumanas, sin precedentes históricos y que a duras penas podrían compararse con los episodios más crueles de la lucha biológica por la existencia. Si la guerra puede tener alguna relación con este género de luchas, Auschwitz no guarda relación alguna con la guerra, no es una etapa de la guerra ni tampoco una forma exagerada de la misma. La guerra es una realidad terrible que existe desde siempre: Es detestable, pero forma parte de nosotros mismos, tiene su propia racionalidad y la comprendemos.
Pero en el odio Nazi no hay nada racional: es un odio que no forma parte de nosotros, que es extraño al hombre; se trata de un fruto envenenado nacido del fascismo... No podemos comprender ese odio pero sí podemos y debemos comprender de dónde ha salido y permanecer en guardia. Si comprender el odio resulta imposible, conocerlo es necesario.
En efecto, si se piensa en este crimen, en otros crímenes de masas, genocidios perpetrados a lo largo de nuestra Historia, y si se reflexiona para saber dónde colocarlos en nuestra memoria, no encuentro sitio.
Quiero decir simplemente que todo esto no es humano y sin embargo, trágica paradoja, son otros hombres los que se desprendieron de su parte de humanidad.
Si nos hemos reunido aquí es también para decir, sencillamente, tranquilamente, claramente: no perdonamos. No puede haber perdón. No al perdón.
No se trata de odio por nuestra parte. Primo Levi también responde: “El odio es ajeno a mi forma de ser. Me resulta un sentimiento bestial y grosero...” Y por otro lado Vladimir Jankelevitch escribe “Perdonar significaría hacer desaparecer a todos aquellos que no se quiso que exitieran, y en consecuencia que su palabra se perdiese defnitivamente”.
Perdonar significaría olvidar.
Y nuestro papel, nosotros, que conocemos la importancia del tiempo y construímos y reconstruímos continuamente esta cadena de eslabones, es el de llevar nuestro ideal más allá de las contingencias del Mundo y a través de la precariedad que acecha al hombre.
Francmasones, Francmasonas, Humanistas, Universalistas, a la vez actores y testigos de la Historia, tomamos un poco de esta tierra, un poco de esta memoria, un poco de este sufrimiento, para encontrarnos, mezclarnos, humildemente, con esta humanidad, con esta condición humana de la que cada persona no ha de ser sólo depositaria, sino fundamentalmente responsable.
Este viaje al infierno nos llena a la vez de tristeza y nos conmueve, pero pesando en nosotros la inmensa grandeza de todos los deportados, con ellos, por ellos, regresamos con nuestras convicciones aún más sólidas: “¡Nunca más!”.
Oigamos el discurso del Premio Nobel de Literatura 2002, el escritor húngaro, en otro tiempo deportado, Imre Kertesz:
“En el Holocausto descubrí la condición humana, el punto de destino de una gran aventura en la que los europeos se embarcaron y llegaron al cabo de dos mil años de cultura y de moral. En el momento actual es necesario reflexionar antes de ir más lejos.
El problema de Auschwitz no es saber si necesitamos subrayar este término o no, si debemos guardarlo en la memoria o arrojarlo en el cajón apropiado de la Historia, o si es necesario erigir monumentos a los millones de víctimas y cuáles deben ser esos monumentos. El verdadero problema que plantea Auschwitz es que existió, y que con la mejor o peor voluntad del mundo nada podemos hacer para cambiar esto. La sola posibilidad de sobrevivir, de conservar fuerzas creadoras y descubrir este punto cero... Por qué esta lucidez no habría de ser fértil?...”
¿Cómo es posible todavía pensar después de Auschwitz? ¿Cómo se puede todavía ser feliz después de Auschwitz? ¿Cómo se puede todavía ser una persona en pie después de Auschwitz?
Y sin embargo, los que mataron, esos asesinos, quisieron desde el primer momento hacer desaparecer todos los logros y conquistas del Siglo de las Luces, quisieron acabar con el viejo humanismo, esa concreta idea de la persona por la que tanto hemos combatido. Violentaron a las personas para hacerles perder de este modo todo el sentido y el peso de su ser, de su vida, de sus sentimientos, de su felicidad.
¿Y no regresa el tiempo de los bárbaros? En Ruanda, en Darfour, ¿qué sucede con esos crímenes ciegos y despiadados? ¿No se percibe aún, aquí y allá, la peste de quienes todavía no se atreven a descubrirse, antisemitas, con el tufo característico de este viejo fantasma, de ese viejo mito asentado que es el antisemitismo?
¿Acaso no estamos oyendo, con un tono vulgar, estúpido y peligros, gritar bien alto y fuerte que hay que hacer desaparecer al Estado de Israel y a todos su pueblo?
La bestia inmunda, ese monstruo frío que, como en la obra de Kafka, se asienta para luego desplegarse y ocupar un espacio de tal forma que primero asfixia para luego, rápidamente, estrangular; esa bestia inmunda siempre está preparada para renacer.
Amigo mío, oye bien: es el vuelo negro del cuervo sobre nuestra tierra.
Amigo mío, has de ver en el cielo negro esas manos rojas de sangre estrangular las palomas.
Amigo mío, escucha el rumor de lo que no hablaron bajo la tortura y, sobre todo, de aquellos que han hablado.
Escucha bien la voz de los que han dicho no y de los que han luchado para, finalmente, vencer a la barbarie.
Aquí quedamos marcados con una señal que no puede ser borrada, una señal que resonara con todas sus fuerzas a lo largo de nuestra historia, el recuerdo y la memoria y todo lo que ha pasado aquí. Pero esta señal nos llama a rebelarnos, a recordar para llevar la esperanza de un Mundo mejor.
Esta luz que nos viene de los siglo pasados hemos de transmitirla siempre para volver a encontrar la sonrisa de los niños, la fuera, la sabiduría y la belleza de las Mujeres y de los Hombres para la libertad, la igualdad y la Fraternidad.
André Verdet escribió entre el 30 de abril y el 12 de mayo, aquí, en Auschwitz, algunos versos:

"Cuando mueran todos aquellos a los que quiero,
Estarán muertos dejándome completamente solo.
Será muerte en la tierra que buye como nunca lo hizo.
Cuando se extingan astros y hogares.
Yde ti de mi amor eternidad
Si la noche de noches rompe el Mundo
De su espeso pámpano helado y tenebroso.
Cuando no quede ni un soplo de vida
Excepto el mío
Más solitario que la nada
Y más amenazado aún
Cuando la irremediable carcasa siga adelante
En este universo petrificado
Mis labios forjarán en oro el nombre de una aurora nueva...”
Sí, tierra de la noche, tierra de miseria, pero también tierra de esperanza y de Luz. Hemos nacido para nombrarte, para arañarte, para llevarte con todos tus muertos, con los hijos y los hijos de los hijos de tus muertos. Hemos nacido para llevarte y decirte: luchemos por la esperanza a cualquier precio.

sábado, marzo 3

La calefacción

Recuerdo con mucha nitidez el disgusto que me llevé cuando participé en el acto de homenaje a José Artime Fernández. Militante histórico de la Unión General de Trabajadores y miembro del Partido Socialista Obrero Español, este masón de la Logia Toulouse, Gran Oriente de Francia, último superviviente español del campo de concentración de Dachau, encomendó a mi Taller el cumplimiento de una de sus últimas voluntades: Depositar parte de sus cenizas en el mar, frente al pueblo de Luanco que le vio nacer.

La agrupación socialista de Luanco estuvo en aquella ocasión a la altura de los hechos, pues no sólo participó en el acto de homenaje, sino que hizo cuanto estuvo en su mano para que aquél pudiera celebrarse. Pero no puedo decir lo mismo del sindicato al que Artime había pertenecido con tantisimo orgullo: Cometimos el gran error de realizar el homenaje un día 30 de Julio de 2005, coincidiendo con la fiesta que la UGT celebraba en la localidad de Tapia, la famosa "bonitada" que muchos conocerán. No hubo en toda Asturias un militante de primera, segunda o tercera fila capacitado para representar simbólicamente a una fuerza sindical que había perdido a tan ilustre militante. Una llamada que pretendió ser exculpatoria fue la única respuesta a nuestra invitación.

Ahora, pasados ya unos días, me vuelvo a enfrentar a la misma sensación que viví en aquel momento, pues no ha sido necesario esperar mucho para ver al Ayuntamiento de Gijón, tan renuente a acompañar a los hijos del exilio que en enero visitaron de la mano de la Logia Rosario Acuña nuestra ciudad, participar en un acto que se da de narices con eso que llamamos "sociedad laica", y que tanto predica el PSOE en los últimos tiempos llevándolo malamente a la práctica. Y es que en Caldones, pequeño pueblo situado a nueve kilómetros de Gijón, dos concejales del Ayuntamiento, Dulce Gallego y Tino Venturo, asistirán hoy a la fiesta organizada por la iglesia del pueblo para conmemorar a la primera parroquia asturiana que instala una calefección en los altares. El evento es de tal calado que la misa que se celebrará contará con la participación estelar del Obispo auxiliar, Raúl Berzosa.

Si me pregunto qué pinta el Jefe de Estado participando en actos de una confesión religiosa y no a título privado o personal, no voy a dejar de hacerlo al referirme a dos concejales del Ayuntamiento o a la Alcaldesa de la ciudad en la que nací. Podría decirme alguien que a lo mejor es porque el municipio ha costeado la calefacción de marras para que los feligreses ejerzan con mayor comodidad el culto que "libremente", desde su más tierna infancia, han elegido. Pero, aparte de que eso sería indignante, tampoco es buen argumento: La calefacción la han pagado dos donantes que asistirán a la misa y que, a buen seguro, no tributarán por el Impuesto de Donaciones que nos afectaría a todos los demás.

¿Qué pinta entonces un concejal de un Ayuntamiento en semejante celebración? Pienso que, teniendo las elecciones a la vuelta de la esquina y tratándose de la convulsa zona rural de Gijón, la respuesta se torna fácil. Departir con los vecinos, dejarse ver aprovechando una coyuntura ajena a la gestión municipal, puede parecer un buen motivo para arañar un puñado de votos en un momento en que el aliento de la derecha se siente muy, muy cerca. Pero no vale todo. Afortunadamente no sirve cualquier cosa y a algunos nos sigue doliendo mucho el desprecio, el taimado silencio, la deslealtad con la propia historia y el pasado, gracias a todo lo cual nosotros estamos hoy aquí.

Por lo pronto ya sé qué tenemos que hacer la próxima vez que queramos contar con la participación de algún munícipe en nuestros actos: Una "fartucada" que coincida con una convocatoria electoral y con ocasión de la inauguración de nuestra propia calefacción: Porque nadie sabe el frío que pasamos los masones en las logias y la cantidad de electricidad que gastamos en nuestras largas reuniones, conspirando a todas horas para incomodidad y nerviosismo de los concejales, que siempre encontrarán algo mejor que hacer el día en que querramos alzar la cabeza con orgullo, en vez de mezclarse con esas gentes extrañas, adornadas de oropeles, y que van hablando por ahí de una sociedad laica y de los riesgos y peligros a los que se enfrenta la Democracia.

jueves, marzo 1

¿Es Laico el Estado Español?

Tengo conocimiento hoy del artículo que transcribo a continuación, y que me ha llegado a través de un foro de tantos que existe en internet. Quien quiera beber de la fuente original -muy interesante- puede dirigirse a la página Rebelión.

Creo que las palabras de Dionisio Llamazares ahondan en un abundante mar de conceptos y clarifican los contenidos.

Por mi parte, fiel a las enseñanzas de quien me recordó la existencia de Rosa Parker, prefiero seguir reivindicando la palabra "laicismo" frente a su creciente y ya inevitable afrancesamiento. Y digo todo esto porque no ha de caer en saco roto que ese término "laicidad" viene siendo utilizado por quienes defienden posiciones confesionales para enfrentarlo al genuinamente vocablo español "laicismo", y que identifican con incendios de iglesias, fusilamientos de gentes pías, obispos expulsados, y largas columnas de católicos abandonando la España querida por los pases de la Junquera e Irún.

Laicidad, laicismo, aconfesionalidad...

En cualquier caso, es lo mejor que he leído esta mañana.

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Dionisio Llamazares Fernández
Fundación de Investigaciones Educativas y Sindicales

Las palabras tienen a veces significados equívocos que impiden la claridad del debate, al no querer todos decir lo mismo a pesar de utilizar términos similares.


Eso es lo que está ocurriendo ahora cuando empleamos conceptos tales como laicidad y aconfesionalidad.Es frecuente leer declaraciones de determinados políticos, por ejemplo del líder del principal partido de la oposición actual (Partido Popular), en las que se afirma con gran seguridad y desparpajo que el Estado español es aconfesional pero no laico, frase en la que se guarecen dos negaciones: una, que no es lo mismo aconfesionalidad que laicidad y otra, que lo que la Constitución consagra no es la laicidad sino la aconfesionalidad.

Desde el punto de vista lingüístico es evidente que los contenidos semánticos de ambos términos no coinciden, ya que aconfesionalidad lo único que expresa es que el Estado no pertenece ni es parte de ninguna Iglesia ni está subordinado a ella y por extensión que el Estado está separado de la Iglesia, mientras que el significado del término laicidad es, fundamentalmente, el de neutralidad religiosa del Estado, exigida por el respeto debido a la libertad de conciencia de todos sus ciudadanos en condiciones de igualdad y sin discriminación alguna fundada en la diversidad de creencias religiosas.


1. Constitución y laicidad


Siempre se afirma que la transición fue posible gracias al consenso, lo que no se añade es que el consenso fue posible en no pocos casos gracias a la ambigüedad de no llamar a las cosas por su nombre. De hecho el número 3 del artículo 16 de la Constitución no emplea ni el sustantivo aconfesionalidad, ni el sustantivo laicidad, ni ninguno de sus correspondientes adjetivos. Se limita a decir que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Expresión en la que se contienen al menos tres negaciones: una, el Estado y la confesiones son distintas sin posible confusión; dos, están separados de manera que ni el Estado puede intervenir en los asuntos internos de las confesiones, ni estas pueden pretender intervenir en la toma de decisiones del Estado; y tres, ninguna confesión puede gozar, ni en todo ni en parte, del Estatuto de entidad pública. Sin embargo la igualdad de todas ellas ante el Estado, ha sido puesta en cuarentena, desde el principio, no sólo por la derecha política, sino también por la doctrinal.

Ante la falta de un pronunciamiento suficientemente explícito al respecto por parte del texto constitucional, nuestra mirada tiene que detenerse en lo que a este propósito haya dicho el Tribunal Constitucional (TC), "intérprete supremo de la Constitución".

Pues bien, seguramente por razones de prudencia y acaso de excesiva cautela, el TC rehuyó durante algún tiempo la utilización del término laicidad optando preferentemente por la expresión “no confesional” o por el término aconfesionalidad. Sin embargo, en una sentencia del año 1985, utiliza la expresión “principio de laicidad”, como contrario al “principio de confesionalidad”. Lo cual quiere decir que el TC está dando por supuesto que el principio de laicidad está incorporado al ordenamiento español.

Posteriormente, otra sentencia, de 15 de febrero de 2001, insiste en la utilización del término laicidad, que utilizará desde entonces como equivalente a aconfesionalidad. De manera que, a partir de ese momento, es preciso distinguir entre el significado que atribuye el Diccionario de la RAE al término confesionalidad y el significado jurídico constitucional que le otorga el TC.


2. Significado y funciones de la laicidad


Dos son las exigencias de la laicidad: la separación y la neutralidad. Así lo pone de relieve también, una y otra vez, nuestro Tribunal Constitucional.

La separación entre Iglesias y Estado implica según él la no confusión ni de sujetos, ni de motivaciones, ni de actividades, ni de objetivos o fines. Esa separación sin confusión asegura y garantiza simultáneamente la autonomía de cada uno de ellos respecto del otro: del Estado con respecto a la Iglesia, descartando la posibilidad de que esta se inmiscuya en el ejercicio de los poderes públicos, y de la Iglesia con respecto al Estado, impidiendo que este intervenga en los asuntos internos de las confesiones. Este principio de mutua y recíproca autonomía pone sordina a la posibilidad de que las decisiones, normas y actos jurídicos confesionales tengan efectos civiles: sólo podrán tenerlas si se la da la autoridad estatal.

La no confusión de sujetos, motivos, actividades o fines tiene consecuencias de no menor alcance. No pueden equipararse la entidades religiosas a entidades públicas, como expresamente ha dicho el Tribunal Constitucional, ya que otra cosa implicaría confusión de sujetos; lo que a sensu contrario significa que las entidades religiosas son entidades (asociaciones, fundaciones, instituciones) privadas de interés particular. Las decisiones de los poderes públicos no podrán fundarse en motivos religiosos, ni los criterios religiosos pueden funcionar, por tanto, como parámetro de la justicia de los poderes públicos, en frase del Tribunal Constitucional. Lo que deja fuera de contexto constitucional los pronunciamientos de la Jerarquía eclesiástica católica sobre la injusticia de las leyes que no obedecen a su moral y no digamos nada de su llamada, en tales casos, a la desobediencia civil. No parece compatible con este principio ni la financiación de sujetos (obispos y sacerdotes), ni de actividades o fines religiosos (culto) por una entidad pública y con fondos públicos. ¿Cómo se puede armonizar con esta separación sin confusión que los procesos judiciales estén presididos por el crucifijo? ¿o que la enseñanza pública, por disposición constitucional, exquisitamente neutral desde el punto de vista ideológico, se imparta bajo esa presidencia? ¿o que una entidad pública forme parte como miembro de una entidad religiosa (Hermano Mayor de una cofradía religiosa)? ¿o que se declare acto de Estado una celebración religiosa o a la inversa, que un acto de Estado se celebre en forma religiosa? ¿o que las confesiones tengan un tratamiento fiscal más beneficioso que las entidades sin ánimo de lucro de interés general, incluso sin exigírseles el cumplimiento de los requisitos que se exigen a estas últimas? ¿es que para un Estado social y laico tienen más valor los fines religiosos que sus propios fines de interés general?

Las preguntas se podrían multiplicar, porque brotan a borbotones. ¿No hay en todos estos supuestos una evidente confusión? Lo que la neutralidad implica es que ni el Estado ni las entidades públicas, ni los poderes públicos hagan suyas determinadas creencias o ideas en detrimento de otras, identificándose con ellas y consecuentemente dispensándoles un trato privilegiado.

El Estado y su Derecho han de ser exquisitamente neutrales ante los valores diferentes nacidos del ejercicio de la libertad de conciencia y de la libertad de pensamiento, especialmente en la medida en que estén integrados en la identidad personal o incluso en la identidad colectiva, siempre que no entren en contradicción con los valores comunes. ¿Qué razón puede avalar la disparidad de trato fiscal entre las confesiones religiosas, de interés particular en todo caso, y las entidades no lucrativas de interés general sobre todo si el desequilibrio se inclina en favor de las primeras? ¿Qué extraña razón puede avalar que las residencias de los ministros confesionales, propiedad de la Iglesia, estén exentas del pago del IBI? ¿Es que cumplen una función más importante desde el punto de vista del interés público los ministros confesionales que los propios funcionarios? ¿Pagan los mismos impuestos para la realización de los fines del Estado (para eso son los impuestos) que los que ponen una cruz en su declaración de IRPF, sacando del fondo común el 0,7 del mismo para destinarlo a un fin particular? ¿no están pagando el 0,7 más unos o, si se prefiere, el 0,7 menos los otros? ¿dónde queda el principio de igualdad tributaria consagrado en el art. 31 de la Constitución? ¿Dónde queda la neutralidad del Estado y de los poderes públicos? ¿No se están mostrando aquí evidentes y ostentosas preferencias, con la consiguiente discriminación de sus ciudadanos, en razón de la diferencia de creencias, ideas u opiniones? Aunque sea por expresa voluntad de algunos contribuyentes, lo que se destina en la asignación tributaria a la Iglesia católica, se extrae del dinero público resultado del pago de los impuestos, lo cual significa que es dinero obtenido bajo coacción (nadie puede dejar de pagarlo) para ser destinado parcialmente a fines religiosos, ¿no es esto un impuesto estatal con fines religiosos? ¿no entraña una flagrante violación de la libertad de conciencia de quienes no ponen la cruz a favor de la Iglesia católica? ¿no hay aquí una evidente base para articular un recurso de amparo por la exigencia coactiva del 0,7% a todos los ciudadanos para hacer posible la correspondiente transferencia a la partida de “sostenimiento de culto y clero”?


3. Laicidad de la Constitución y laicidad del ordenamiento


Dado el intenso proceso de secularización que ha tenido lugar en España desde la promulgación de la Constitución hasta el momento actual y a la vista de la propuesta por la que opta nuestra Constitución, brota irreprimible la pregunta ¿Cómo es posible, que cuando confluyen las razones constitucionales y las sociológicas, nuestro ordenamiento siga albergando tal cantidad de reminiscencias confesionales? Y lo que es más sorprendente, que no sólo no se haya producido la suficiente diligencia por parte de los poderes públicos para la depuración del ordenamiento, sino que además se hayan introducido elementos confesionales, con posterioridad a la entrada en vigor de la Constitución.

Tengo para mí que uno de los factores fundamentales, aunque no el único, ha sido el papel jugado por la vigencia de unos acuerdos, de determinadas características, con la Iglesia católica.

En nuestro ordenamiento existen, pues, dos clases de acuerdos con las confesiones religiosas: los acuerdos del año 1979 con la Iglesia católica, de carácter internacional, que implican un distanciamiento y la desigualdad de esta Iglesia con respecto a las demás confesiones religiosas, y los acuerdos firmados con protestantes, judíos y musulmanes en 1992, que responden al modelo al que alude la LOLR.

Los primeros implican un trato diferente de la Iglesia católica con tendencia al privilegio y, además arrastran consigo otro riesgo no menos importante que es el recorte de la soberanía normativa del Estado, agudizado por la cláusula que figura en todos ellos de que, caso de que surjan problemas en su interpretación o aplicación, deberán resolverse por consenso lo que, en interpretación de la Iglesia, la han convertido en colegisladora en los temas que le afecten.

Nada de esto ocurre con los acuerdos con las demás confesiones porque aquí la relación esta sometida al poder unilateral del Estado, ya que otras leyes posteriores pueden modificarlos (soberanía del Parlamento), con una sola condición: informar y escuchar a las confesiones afectadas (informe previo preceptivo pero no vinculante).

Estos últimos, así concebidos, son perfectamente compatibles con la laicidad. No puede decirse lo mismo de los acuerdos con la Iglesia católica, ya que entrañan una merma de la soberanía estatal en contra del principio de separación. Dichos acuerdos son inconstitucionales también en sus contenidos como ocurre con al asignación tributaria, si no es como fórmula transitoria, o con la participación del Estado en el nombramiento del arzobispo general castrense, por poner dos ejemplos.

A la hora de analizar el origen de dicha inconstitucionalidad, es preciso tener en cuenta que los acuerdos aunque temporalmente son postconstitucionales, materialmente, es decir, en sus contenidos, son preconstitucionales. La razón es bien evidente: sus textos se discutieron paralelamente a la discusión del texto constitucional, lo que explica, como han reconocido públicamente algunos de los negociadores, sus múltiples ambigüedades.

El problema surgirá cuando la Iglesia, desde puntos doctrinales de partida diferentes de los del Estado y de la Constitución, pretenda imponer interpretaciones que no son compatibles con alguno de los elementos de la laicidad, tal como la viene entendiendo el Tribunal Constitucional, argumentando que los cuatro acuerdos del 79, aunque piezas separadas, responden a unos mismos principios y constituyen un sistema, a cuya cabecera está el acuerdo de 1975 sobre renuncia mutua a privilegios, que tiene carácter confesional.

Sin embargo esto acentuaría el carácter preconstitucional de los acuerdos, porque de lo que no hay ninguna duda es que el acuerdo del 75 es preconstitucional.


4. Conclusiones


Si queremos proceder con eficacia a la depuración de nuestro ordenamiento, eliminando toda reminiscencia de confesionalidad, serán necesarias tres cosas:


a) Poner al descubierto, a la vista de nuestra Constitución, de las normas del bloque constitucional y de la interpretación de nuestro Tribunal Constitucional, las zonas claramente inconstitucionales o simplemente sospechosas de confesionalidad, necesitadas de depuración.


b) Proceder, por parte de los poderes públicos, también del legislativo y del judicial, cuanto antes a esa depuración.


c) Proceder, cuanto antes, sin cálculos electorales que podrían, además, no estar fundados en la opinión mayoritaria del pueblo español, a revisar los vigentes acuerdos con la Iglesia católica como tratados de Derecho Internacional sustituyéndolos por otros que se asemejen a los firmados con otras confesiones, sorteando el peligro de pérdida de parte de la soberanía estatal en la regulación de un derecho fundamental y descartando cualquier cesión a la pretensión de la Iglesia católica de convertirse en colegisladora cuando se trate de estos temas.


* Dionisio Llamazares Fernández. Catedrático de la UCM y Director de la cátedra Fernando de los Ríos sobre “Laicidad y Libertades Públicas” de la Universidad Carlos III de Madrid.