sábado, julio 25

El diálogo social


Ayer se rompió eso que llaman diálogo social. Tras dos meses de intensas negociaciones, como rezaba hoy algún titular de prensa, la tan esperada foto de ver a los propietarios de los medios de producción y a quienes los padecen dándose la mano, se ha convertido en una espesa humareda y luego en nada.
Aquel patrono que hablaba del paréntesis en la economía de mercado porque venían mal dadas, se ha subido a la parra y, después de haber despachado en una cena con el máximo líder de la oposición -perdonen que no me levante- , ha dicho que no, que el zapato le viene pequeño y le aprieta. La culpa de todo ello evidentemente -y como viene sucediendo en los últimos cinco años- es de Zapatero, cuya nueva fechoría consiste en despilfarrar los dineros de los españoles abocándolos a no poder comer -como decía hace pocos días, enchida, muy enchida de razón, Rita Barberá-, negándose a adoptar medidas que inciten al empresariado español a contratar a los menesterosos obreros.
No ha habido espacio ni para la decepción. Díaz Ferrán, el hombre del paréntesis y cabeza visible de la patronal española, ya dejó todo dicho no hace tanto, cuando soltó aquello de que Esperanza Aguirre era cojonuda. Con semejante modelo y tras haber cenado con Rajoy, estaba claro que no tendríamos una segunda edición de los pactos de la Moncloa ni de coña.
Ahora ya lo sabemos todos: el Gobierno no gobierna y el rojerío sindical se ha enrocado en unas posiciones de intransigencia que han hecho inviable todo acuerdo y bla, bla, bla...
Entre tanto siguen mexando por nos, e nos temos que decir que chove...

miércoles, julio 22

Opus Dei: Segregación de sexos en las aulas

¿Es lícito que un colegio privado pueda separar a niños y a niñas amparándose en la razón de su diferente sexo? ¿Es lícito que una asociación sólo admita entre sus miembros únicamente a hombres o mujeres, por muy lícitos, elogiables y hasta dignos de recompensa que puedan resultar sus fines?
Conocemos, por recordar un ejemplo reciente, que las sociedades gastronómicas vascas han comenzado a ser examinadas con lupa -eso informaba no hace tanto algún renombrado periódico- en el último año del mandato de Ibarretxe; y supongo que pensando como piensa el nuevo presidente vasco llevará la cuestión un poquito más allá. También es un hecho sabido que el Ministerio de Igualdad tiene una sección de asuntos jurídicos encargada de echar el ojo sobre esta cuestión de las militancias sexuadas, ya sean hombres o mujeres los que queden bajo las ruedas del carro de la tradición, del capricho o de la oportuna justificación, cortada siempre a la medida del trato diferenciador.
Pero a pesar de todo eso las preguntas con las que comienzo estas notas tienen todo su sentido, porque el Opus Dei practica la segregación sexual en sus colegios y coloca a los niños y a las niñas en aulas diferentes bajo el pretexto de obedecer a motivaciones pedagógicas.
La cuestión es ya vox populi y también que ha existido una reacción más o menos frontal por parte de algunas comunidades autónomas (Andalucía, Cantabria, Asturias...), decididas a romper los conciertos educativos con los colegios de esta secta amparándose en aquello de que la práctica seguida no se ajusta a la legalidad. Las preguntas y reflexiones son inevitables: Si la práctica no es legal, romper los conciertos educativos, esto es, interrumpir la entrada de dinero público para financiarlos, es sólo una parte de la respuesta a dar, pues, privados o no, los centros educativos no deberían poder colocar a las personas en aulas diferentes en función de si son niños o niñas. Subvencionados o no, ningún colegio privado del país debería poder levantar este tipo de muro, que no hace sino perpetuar un estado de cosas lamentable con el que convivimos en nuestros días.
Sin embargo, en nuestra casa, la propia administración ha llegado a reconocer que lo que sucede con los centros educativos afectados por su medida de punto y final es que, simple y llánamente, incumplen los pactos expresos de los conciertos suscritos, que impiden categóricamente la discriminación por razón de sexo. Es decir, el recurso a la razón pedagógica cuando no existe financiación pública sí podría ser considerado como un argumento jurídicamente válido para mantener esta otra vieja modalidad de apartheid que es la segregación por razón de sexo.
En Asturias es el Opus Dei quien ha decidido recurrir al Tribunal Superior de Justicia frente a la decisión rescisoria del Gobierno del Principado de Asturias. La Obra de Dios tiene organizado su tinglado educativo a través del grupo empresarial Fomento, y cuenta en nuestra comunidad con varios centros. En "Los Robles", colegio masculino, y en el "Peñamayor," colegio femenino, han surgido expontáneamente padres voluntariosos dispuestos a sostener el pleito. El otrora sindicato amarillo U.S.O. se lo piensa.
Es inevitable hacer paralelismos con otras situaciones que algunos vivimos muy cercanas. Y resulta extraordinariamente difícil entender un mundo en el que el hecho de nacer hombre o mujer sigue arrastrando tantas consecuencias diferenciadoras. Por supuesto que siempre habrá argumentario. El papel y el argumentario siempre lo han soportado todo sin mayores dificultades: La ya manida y citada tradición o el efecto pedagógico no son más que dos de los más conocidos ejemplos de justificación de un disparate.
Hubo otros tiempos; hubo otras diferencias; hubo otras discriminaciones y otras razones para sostenerlas. Algunas las vamos venciendo. Otras han sido superadas. Y muchas, siguen ahí, latiendo, amenazadoras, dispuestas a abalanzarse sobre nosotros en cualquier momento. La discriminación por razón de sexo sigue siendo, en nuestros días, en los días de la igualdad, un insulto a la inteligencia humana insoportable. En Asturias veremos qué sucede y aguardaremos, pacientes, a que la judicatura resuelva un litigio... Pero aguardaremos con más paciencia si cabe, a que un día la administración pública -quizá mejor la inmensa mayoría ciudadana- sea capaz de reaccionar y poner un punto y final a este pequeño mundo de cajones y compartimentos estancos, en el que hombres y mujeres somos colocados desde que nacemos para vivir en plenitud nuestro estado de domesticidad.

viernes, julio 17

Aranda de Duero

Encuentran más de 30 cuerpos en una fosa común cercana a Aranda de Duero.

Democracia y constituciones


La democracia es un sistema de administración de la cosa pública incompatible con el hambre, la miseria o la ausencia de una mínima instrucción pública. Sin embargo, más frecuentemente de lo deseado, se escucha, percibe y lee que la mera tenencia de una constitución equivale a garantizar la existencia de un sistema democrático, y todo con independencia de que se trate del país más pobre de la tierra, o de cualquier potencia económica cuya población se halle embotada por la ingesta de la parrilla televisiva, nuevo rostro de la ignorancia en las sociedades que dicen ser desarrolladas.

El origen de esta confusión se pierde en la ingenuidad de los redactores de la vieja Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, quienes en el caluroso verano de 1789 pensaron que, frente a la arbitrariedad con que actuaban los poderes absolutos de entonces, la existencia de unas mínimas garantías indivduales requería de su plasmación en un texto constitucional. En una aparente lógica consecuencia, allí donde no existiera respeto para esos principios que comenzaban a ver la luz, no existiría tampoco una constitución.

Los sátrapas del mundo actualizaron y depuraron sus técnicas de dominación y demostraron pronto lo erróneo de la operación lógica de los diputados franceses. En nuestros días hasta las dictaduras religiosas se han dotado de textos constitucionales. Por tener constitución, hasta el régimen de Franco contó con un Fuero de los Españoles, aplicable a nuestro reino a pesar de que del monarca, en aquel momento, ni se sabía ni se le esperaba. Los países que conocimos como "Bloque del Este", donde se soñó la pesadilla del socialismo real, también contaban con constituciones diseñadas como planes quinquenales. Y es conocida igualmente la práctica de algunos mandamases, que llegaron a encargar la redacción de sus tablas constituyentes a algún "prestigioso" jurista extranjero. De constituciones sabemos mucho en nuestro tiempo: desde Chávez y sus palmeros a los nuevos oligarcas hondureños, pasando por Fidel Castro, todo el mundo termina exhibiendo un texto constitucional ante las cámaras de televisión, invocando de paso al Altísimo si la intensidad política del momento así lo exige.

Pero cuando el totalitarismo aprendió a elaborar textos constitucionales abordó también una nueva exigencia que se le hacía: las elecciones ¿Cuántas veces no hemos oído eso de que aquel país o el otro no son libres porque no celebran elecciones? De este modo, los procesos electorales son presentados también con más frecuencia de la deseada como otra de esas pautas que nos permiten diferenciar una sociedad políticamente libre de otra que no lo es. Sin embargo se quiere olvidar que hay países como Zimbawe que no sólo convocan a las urnas, sino que lo hacen en un clima de pluralidad política en el que la oposición siempre acaba derrotada y clamando ante la comunidad internacional. En España, el ya citado general con voz de pito, se sometió en un par de ocasiones a un referendum sobre su continuidad que superó sin mayores problemas. Cuba celebra elecciones cada cinco años para cubrir los puestos de los "Poderes Populares" . Y hace escasos días pudimos asistir a los disturbios en las calles de Teherán, provocados por una parte de la población, descontenta aparentemente con el resultado de unos comicios celebrados con "todas las garantías".

Lo sucedido en Honduras, en Italia y en Irán durante estas últimas semanas, me ha llevado a preguntarme acerca del concepto mismo de democracia ¿Quién la defiende realmente? ¿Cuántos entienden -entendemos- realmente de qué se trata? No vayamos lejos. Veamos qué sucede en la vieja Europa. Hagamos un repaso hasta encontrar a algún mandatario caprichoso, votado masivamente y que usa las instancias del poder a su antojo. Busquemos hasta encontrar a alguien que haya sido capaz de modificar la legislación para declarar prescritos los delitos que presuntamente ha cometido; alguien que sea inmune ante toda exigencia de responsabilidad ¿Será eso democracia?

Del mismo modo que hace pocos días comentaba que de un tiempo a esta parte todo el mundo se ha convertido en un encarnizado defensor del laicismo, otro tanto sucede a escala internacional con la democracia. Hasta Pinochet era un demócrata convencido. Y seguramente también el Comandante Fidel. Hay democracias en el mundo que siguen levantándose sobre las mazmorras, sobre los oprimidos, sobre la injusticia, el hambre, la enfermedad, la guerra, la explotación de unos por otros. Desde hace tiempo -y ahora más que nunca- la mayor parte de las tiranías ocultan su mal olor tras palabras que suenan bien: elecciones, constitución... ¡Y ya se atreven con los Derechos Humanos! : La China Popular, que acaba de firmar un acuerdo de cooperación con el dictador Robert Mugabe, se vende al exterior y en Naciones Unidas como un adalid en la defensa de los derechos de las personas.

Quizá sea éste uno de los grandes retos de la nueva política ahora que dicen que las ideologías han muerto: Reivindicar la verdad frente a todo lo falso. Reencontrar los antiguos principios humanistas que alumbraron los ideales sobre los que se asienta el respeto mutuo de los individuos que forman parte de una colectividad. Puede que en nuestro tiempo tengamos una importante tarea por delante para, más allá de las ideas y políticas de gestión económica, reencontrar el camino perdido y evitar con ello que a cualquier cosa pueda ser llamada democracia, o que los crímenes de Estado dejen de serlo.

martes, julio 7

Bajarse del limbo: autocrítica postelectoral


Hace pocos días publicaba una foto de la alcaldesa de Valencia, medio enloquecida, festejando con el hombre de las insidias el triunfo en las elecciones europeas.
Del mismo modo que no suelo entretenerme con las victorias tampoco lo hago con las derrotas. Y más en este caso, donde ya llego a un nivel de saturación difícil de soportar.
El caso es que en el día de ayer volví a encontrarme con mi admirado Gregorio Peces Barba, con quien en este caso no estoy muy de acuerdo en el análisis que hace; pero no dejo de reconocer que hay un punto en el que sí tiene razón: el acogotamiento que a veces se exhibe frente a determinadas actitudes sostenidas desde la representación del dogmatismo religioso.
En lo demás, ni tengo tan buena y general opinión sobre los compañeros brillantes e ilustres, ni creo que haya que recular en la cuestión de la autorización parental para la interrupción del embarazo cuando se trate de mujeres mayores de dieciséis años; me cuesta digerir eso de que el partido puede ser rehén de los propósitos del "ala izquierda", y que pese más en la voluntad del votante socialista la reforma de la normativa sobre el aborto que los encargos al alfayate.
Hay además en el artículo una referencia que merece también un calmado pensamiento: "La autocrítica". Con frecuencia he escuchado eso de "Hagamos autocrítica. Seamos serios, reflexionemos y hagamos autocrítica"; y luego el que te "autocritica" te pone verde sin dejarte hueco para respirar siquiera. Quizá soy muy sensible a la expresión tras leer una biografía de Mao Zedong - que utilizó la "autocrítica" como método de represión- , pues interpreto que el término se emplea incorrectamente para titular el artículo. Autocrítica es la que nos hacemos a nosotros mismos...¡Pero nosotros mismos! Cuando ponemos "a parir" lo que hacen los demás -por ejemplo, en el caso que nos ocupa, legislar impopularmente-, no podemos hablar de autocrítica. Criticamos sin más. No sé si del texto de Peces Barba se puede extraer la clara intencionalidad del autor de ejercer esa reflexión íntima y personal, con ánimo de examinar los errores cometidos; o si por el contrario, actúa más bien como azote de alguna ministra cuya actitud, con la complacencia del gobierno, nos ha llevado nada menos que a perder las elecciones. Sea como fuere el artículo merece la pena... Aunque sea para autocriticarlo un poquito, si se me permite la gracia.


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Después de perder las elecciones europeas ante el PP, con una diferencia apreciable de votos populares y con dos parlamentarios menos, parece prudente que los socialistas realicemos un ejercicio de autocrítica, lúcido, profundo y responsable. Sería absurdo cerrar los ojos y buscar justificaciones optimistas, como el Cándido de Voltaire, pensando que seguimos estando en el mejor de los mundos posibles.
¿Por qué el PSOE perdió las europeas con buenos candidatos y medidas razonables contra la crisis?
Es impopular la negativa a informar a los padres del aborto de menores
Es evidente que no se puede culpar a los candidatos que encabezaban nuestra propuesta, Juan Fernando López Aguilar y Ramón Jáuregui. Son personas representativas de nuestra ideología, competentes y desde hace años entregados al desarrollo y la lucha por el socialismo. Otros candidatos como Carmen Romero, Miguel Ángel Martínez, Magdalena Álvarez, Guerrero, Sánchez Presedo, Luis Yáñez son igualmente estimables y representativos de los valores del socialismo y de la historia de nuestro partido. Quizás el único pero que se podía poner a sus destinos es que algunos podrían haber seguido prestando su esfuerzo a la política nacional en puestos representativos con mayor experiencia que algunos o algunas jóvenes que les han sustituido. A veces, como en el caso de Ramón Jáuregui, puede parecer que se le envía a un exilio dorado retirándole del núcleo político por excelencia que es el Congreso de los Diputados. La sola sospecha de que se trata de alejar a posibles excelentes sustitutos produce irritación y disgusto.
Tampoco creo que la razón de la derrota que se presenta como la más habitual, la crisis económica y su gestión por el Gobierno, sea tan relevante. A mi juicio, las medidas que ha tomado el Gobierno parecen sensatas y adecuadas. Supongo que algo habrá repercutido la magnitud de la crisis, como en otros países de Europa, pero en ningún caso me parece la razón nuclear que explique por sí sola la derrota. Lo demuestran que otros Gobiernos y partidos en el Gobierno han tenido mejores resultados.
Por el contrario, han sido medidas aparentemente alejadas del tema que nos ocupa las que, sin embargo, han desorientado a nuestro electorado más fiel, más sensato y más moderado.
Es verdad que ha faltado grandeza y que la campaña ha discurrido por cauces poco ilustrados, crispados y desmedidos. No hemos sabido elevarnos a dimensiones vinculadas con el espíritu y la historia de Europa, ni con los valores de nuestra cultura común. Tampoco hemos sabido desprendernos de miserias interiores, de prejuicios, ni de críticas fáciles a la corrupción. Finalmente, no hemos sabido explicar a nuestros conciudadanos todos los aspectos institucionales, competenciales y procedimentales que nos vinculan y nosobligan con Europa. No hemos despertado su interés, ni abierto expectativas suficientes sobre la importancia de Europa, para España y para cada uno de nosotros. Pareció que nos referíamos a algo ajeno y sin interés, vacío para nuestro esfuerzo y nuestra participación.
Es otra ocasión malograda para integrarnos en la Europa de los 27 y para animar al hombre en el impulso de una verdadera comunidad de naciones, base imprescindible para situar a ese nivel la sociedad política que nos debe dar un protagonismo mundial.
Quizás han podido repercutir más algunas ocurrencias, con excesos, exageraciones y posturas aún minoritarias a la mayoría de la sociedad española. Me refiero, por ejemplo, al anteproyecto de Ley Orgánica de Salud Sexual e Interrupción Voluntaria del Embarazo y a determinadas manifestaciones y tomas de postura que se han producido con ocasión de la misma.
La resistencia a informar a los padres, en las mujeres de entre 16 y 18 años, para decidir libremente si desean interrumpir su embarazo, es una norma antipática que se podría mantener, sin tanta rigidez, exigiendo una información a los padres, para que éstos puedan opinar, dejando claro que en última instancia es la mujer quien debe decidir. Hay mucha resistencia a esa medida en la sociedad y la gente intuye que es otra forma de disminuir el valor de la familia. No es buena la rigidez, ni colocar a padres en situaciones difíciles. En este caso la opinión pública no nos sigue y somos rehenes de sectores minoritarios, feministas muy radicales y gente a la izquierda del PSOE.
Legislar exige moderación, sentido común, no separarse de las creencias mayoritarias, intuir cuáles son las corrientes que impulsan y representan la oposición pública, es saber interpretar lo que más conviene en cada momento.
Por otra parte, esa intransigencia a la hora de rechazar el conocimiento por los padres de las intenciones de la hija menor de edad sobre la interrupción del embarazo, me parece contradictorio con el resto del anteproyecto, lleno de sentido común y con decisiones sensatas y meditadas, y con la excesiva prudencia, casi inamovilidad, con que son tratadas otras relaciones con la Iglesia Católica. En efecto, parece poco justificado que existen signos religiosos católicos en instituciones públicas y una enseñanza de la religión católica en escuelas públicas, con doble horario respecto a la Educación para la Ciudadanía.
En esos casos, y en otros similares, cualquier privilegio de la Iglesia, es un paso atrás, en la profundización de la democracia. En esto es muy poco lo que se necesita, mientras que prescindir de la familia en menores de 16 años es mucho más que lo que se necesita.
También se evidencia una falta de criterio y de creencia que agravan la contradicción. Ni tan poco ni tanto, y eso lo saben y lo sienten los ciudadanos. Junto con la ya vieja decepción provocada por la permisividad excesiva con las reformas últimas de los Estatutos de Autonomía, especialmente el catalán, consentido si no animado desde la Presidencia del Gobierno, es muy probable que este último tropezón haya aumentado el desinterés y el alejamiento por una política que muchos consideran errática y mal orientada.
En mi opinión, no son, pues, la crisis ni la política del Gobierno para afrontarla, que me parece acertada, los fenómenos que han producido una pérdida significativa de votos. Son más bien los errores viejos y nuevos los que desconciertan y desaniman, lo que exige una corrección a fondo de los objetivos que se persiguen y abrir el escenario a la esperanza, a la amistad cívica dirigida a la grandeza desde una mirada más limpia y menos interesada.

Gregorio Peces-Barba Martínez es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid.

viernes, julio 3

Laica, neutra y aconfesional


Hace unos días podía leer en varios sitios una especie de comunicado oficial que anunciaba una próxima reunión de diversas organizaciones humanistas con las presidencias de la Comisión y el Parlamento europeos. El feliz acontecimiento tuvo lugar el pasado día 26 de junio y no he podido encontrar después ninguna referencia expresa al resultado producido. Ha sido a través de un acta elaborada por la representación de la Asociación Europea por el Librepensamiento que he podido enterarme de cómo fueron las cosas. Lo contaré a mi manera.
Durao Barroso y el señor Pöttering, siempre según la crónica a que me refiero, acudieron provistos de asesores. Frente a ellos tenían al motor no confesional del pensamiento europeo, del que forman parte diversas organizaciones masónicas entre las que estaban tres con presencia en suelo español: La G.L.S.E., La F.E.D.H. y el Gran Oriente de Francia, con su Presidente a la cabeza.
La cosa, por lo que he leido, no dio para mucho. Todos los intervinientes reivindicaron el papel del laicismo, aunque algún Comisario presente recordó que la Europa de nuestros días ya no se construye sobre ese concepto, sino sobre el de tolerancia en un momento en el que el fenómeno religioso tiene cada vez más presencia. Por lo que leo se hizo mucho hincapié en esto de la tolerancia, y el Presidente del Parlamento Europeo llegó a resaltar la importancia de todas las organizaciones, las confesionales y las que no lo son, que desde el mutuo respeto son capaces de defender una determinada idea de los Derechos Humanos, punto éste en el que se encuentran tan diversas entidades.
Giraron gran parte de las exposiciones en torno a los derechos de las personas, puestos muchas veces en duda por la aparición en nuestro suelo del dogmatismo religioso y del político, últimamente muy exacerbado en algunos países a consecuencia del fenómeno migratorio, hábilmente explotado -como siempre- por las ideologías extremistas.
Pöttering, en su intervención final rechazó que algunos modelos pretendieran aplicarse con carácter general en Europa, haciendo una clara alusión al sistema encarnado por la ley francesa de separación de las iglesias y el Estado, inaplicable, según dijo, en países como Alemania, que tenían otra tradición.
Hasta los españoles, según leo en el acta, se animaron a hablar, resaltando el hecho de que la masonería en España representa la "laicidad" y los Derechos Humanos, algo con lo que, por mi propia experiencia y por la pluralidad de Obediencias tan diferentes que existen, no estoy del todo de acuerdo: En España lo laico es un fenómeno de moda; ayer mismo leía en La Nueva España un artículo infumable del Presidente de la Caja Rural confundiendo ateismo con laicismo, y quedándose tan pancho. Todo el mundo habla de laicismo. Todo es o ha de ser laico. Pero las ideas siguen sin estar claras y queda mucho por hacer. No voy a negar, de todos modos, que lo más positivo es que se empiece a hablar de la cuestión, pues será el mejor camino para que las ideas vayan tomando forma y filtrándose en el tejido social, generación tras generación. Es en este punto donde, a pesar de lo huero de estas reuniones, me siento feliz de pertenecer al Gran Oriente de Francia, pues creo que -al menos según lo recoge el acta que manejo- se expresó una idea acertada de lo que significan las cosas: No se trata de igualdad entre lo confesional y lo aconfesional, como reivindicó el representante del Gran Oriente de Bélgica; se trata -afirmó Pierre Lambicchi- de la separación de las iglesias y los estados, lo que no quiere decir ni mucho menos que eso haya de traducirse en una abierta confrontación.
Durao Barroso, que ya el año pasado se reuniera con Jean Michel Quillardet -anterior Gran Maestro del Gran Oriente de Francia que transmitió el mismo mensaje-, cerró el encuentro rememorando aquellos tiempos en los que en su país, Portugal, la masonería era un grave delito. Recordó a los que le habían planteado la cuestión de las discriminaciones por razón de sexo (algo que también se abordó en la reunión pero respecto de determinadas confesiones religiosas) que él había peleado mucho por aumentar el número de comisarias. Acogió, más o menos, la idea planteada por Tony Van der Haegen, Vicepresidente de la Asociación Europea por el Librepensamiento, que había solicitado el nombramiento de un Comisario para los Derechos Humanos en la Unión Europea (Barroso habló de un grupo de trabajo o similar). Rememoró sus enfrentamientos con algunos países como China o Arabia Saudí, en incluso con George Bush a cuenta del despropósito de Guantánamo. Y culminó solemnemente su intervención proclamando que la Comisión que él presidía era "laica, neutra y aconfesional".
¡Y todos contentos!
Quien redactó el escrito al que me he referido apunta cierto escepticismo en sus conclusiones respecto a la utilidad de la reunión. Pero manifiesta su contento por el hecho de que las entidades humanistas europeas se hayan podido hacer oír. Coincido con esa apreciación:
Me alegra que el Gran Oriente de Francia haya estado para exponer una idea sobre la que lleva más de un siglo trabajando; una idea que constituye por sí sola una seña de identidad en la que muchos encontramos un reflejo y un objeto digno por el que combatir. Me alegra formar parte de algo que, lleno de defectos -algunos enormes-, tiene una gran voluntad de acción y reivindicación. A mí y a tantos nos corresponde ahora asegurar que esa capacidad para educar, para hacer llegar la noción del respeto a las personas, para estar presentes de manera tangible, más allá de las hermosas palabras y de la sempiterna teoría, en los debates sociales, siga siendo una realidad en los tiempos futuros. Este es mi sitio, no otro, y aquí me quedaré; pues sigo creyendo en la necesidad de una masonería verdaderamente útil al ser humano. Todo lo demás lo respeto, pero me sobra.